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Era un trato demasiado excelente como para rechazarlo. Claro, algunas personas podrían hablar sin parar sobre los horrores de la inmortalidad, pero yo seriamente creo que estarían saltando a la envidia en cuanto a todo el asunto. Nunca tuve ningún familiar o amigo real, así que no me iba a arrepentir por haber vivido más que ellos. 

Podría ver el cambio de las eras y presenciar la historia en progreso. De todas formas, nunca quise hacerme viejo, y lo mejor de todo era que podría pasar la eternidad con una chica sexy de ultratumba.


Así que por supuesto que dije que sí cuando me preguntó si me quería convertir en un vampiro.


Una vez que me desencajó sus colmillos del cuello, algo extraño sucedió. Su boca era un desastre de sangre y carne arrancada, y sentí un dolor intenso en mi cuello como si algo se estuviera enterrando dentro de mi piel. Unos momentos después, ella estaba muerta y yo era un vampiro.


De hecho, no. No era un vampiro, era el vampiro. Era uno con la criatura dentro de mi rostro. Cada día, devoraba algo de mi cuerpo, provocando que me volviera pálido, que perdiera peso y que mis ojos se inyectaran de sangre. Me hice débil y sensible ante todo tipo de calor; incluso la luz solar era un problema. La única cosa que apaciguaba al monstruo era beber sangre fresca, lo cual probó más y más ser tan solo una cura transitoria a medida que ello se tornaba más y más famélico.


Ahora desea un cuerpo nuevo. Terminó de succionar la médula de mi frágil esqueleto.


En suma, aprendí una lección importante de esto: los vampiros son inmortales, pero sus huéspedes no lo son.

hybrid_ningen Oct 27 · Comments: 1 · Tags: creepypasta
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En el primer día de kínder, mi mamá había decidido llevarme a la escuela; los dos estábamos tan nerviosos que ella quería estar ahí hasta el momento en el que entrara a la clase. Me tomé un poco más de lo esperado para arreglarme debido a mi brazo que no había terminado de sanar. El yeso se extendía varios centímetros por encima de mi codo, lo cual significaba que, al bañarme, tenía que cubrir mi brazo entero con una bolsa de látex diseñada especialmente. La bolsa había sido creada para ser compacta y sellar su abertura, repeliendo el agua que de otra forma destruiría el yeso. Me había vuelto bastante hábil para ajustar la bolsa por mi propia cuenta. Sin embargo, esa mañana —quizá por mi emoción o nerviosismo—, no había jalado el tirante con la suficiente firmeza, y a la mitad del baño pude sentir al agua acumulándose dentro de la bolsa y alrededor de mis dedos. Salté hacia afuera y rompí el escudo de látex, pero podía sentir que la masa anteriormente rígida se había suavizado después de absorber el agua.


No existe ninguna forma de limpiar efectivamente el área entre tu cuerpo y el yeso; la piel muerta que, normalmente se hubiera caído, solo se queda ahí. Cuando se humedece, emite un hedor, y este hedor aparentemente es proporcional a la cantidad de humedad introducida, ya que poco después de que traté de secarme, fui agredido por la poderosa esencia de podrido. Conforme seguí frotando el yeso agitadamente con la toalla, empezó a desintegrarse.


Me estaba sintiendo cada vez más estresado. Había asignado tanto esfuerzo como un niño era capaz hacerlo a su primer día de escuela. Me había sentado con mi mamá escogiendo mi ropa la noche anterior; había invertido mucho tiempo seleccionando mi mochila; y había albergado la anticipación excesiva de mostrarle a todos mi lonchera que tenía a las Tortugas Ninja en ella. Había caído en el hábito de mi mamá de referirme a estos niños, que aún no había conocido, como mis «amigos», pero a medida que la condición del yeso empeoraba, me sentí profundamente triste ante el pensamiento de que no podría aplicar esa etiqueta con nadie para cuando el día finalizara.


Derrotado, se lo enseñé a mi mamá.


Nos tomó treinta minutos sacar la mayoría de la humedad. Para solucionar el problema del olor, mi mamá cortó capas de jabón y las metió por debajo del yeso para enmascarar el olor rancio con uno más agradable.


Una vez que llegamos a la escuela, mis compañeros de clase ya habían iniciado su segunda actividad, y yo fui delegado a uno de los equipos. No se me aclaró cuáles eran las instrucciones de la actividad, y dentro de cinco minutos ya había violado las reglas tan irreparablemente, que los demás miembros del equipo se quejaron con la maestra y la cuestionaron sobre por qué tenía que estar con ellos.


Había traído un marcador a la escuela con la esperanza de que pudiera recolectar algunas firmas o dibujos para mi yeso, y súbitamente me sentía torpe por tener el marcador en mi bolsillo.

A los preescolares se nos reservaba la cafetería para almorzar, pero algunas de las mesas no estaban disponibles, de modo que nadie se tuviera que sentar solo. Estaba rasguñándome tímidamente bajo los extremos quebradizos de mi yeso cuando un niño se sentó frente a mí.


—Me gusta tu lonchera —comentó.


Podía notar que se estaba burlando de mí, y me torné muy enojado. En mi mente, mi lonchera era la última cosa buena de mi día. No alcé la vista de mi brazo, y sentí un ardor en mis ojos por las lágrimas que estaba reprimiendo. Lo miré solo para decirle que me dejara en paz, pero antes de que pudiera expulsar las palabras, algo me detuvo.


Teníamos la misma lonchera.


Me reí:


—¡A mí también me gusta tu lonchera!


—Pienso que Miguelangelo es el más genial —me dijo imitando movimientos de nunchaku.


Estaba a la mitad de mi argumento de que Rafael era mi favorito, cuando botó su cartón de leche abierto desde la mesa y sobre su regazo.


Me esmeré en ahogar mi risa, pues no conocía a ese niño en lo absoluto, pero la expresión arrugada de mi rostro debió de haberle parecido graciosa, y se comenzó a reír de primero.

Súbitamente, ya no me sentía mal por mi yeso, y pensé que esta persona con dificultad lo iba a notar de todas formas. Solo entonces, decidí poner mi suerte a prueba:


—¡Oye! ¿Te gustaría firmar mi yeso?


En lo que sacaba mi marcador, él me preguntó cómo fue que me quebré el brazo. Le dije que me caí del árbol más alto en mi vecindario; pareció impresionado. Lo observé tratando de garabatear su nombre trabajosamente, y luego de que había terminado, le pregunté qué decía.


Me respondió que decía «Josh».


Josh y yo almorzamos juntos todos los días, y nos agrupábamos para proyectos siempre que podíamos. Llegué a conocer otros niños, pero creo que sabía, incluso entonces, que Josh era mi único amigo verdadero.


Movilizar una amistad afuera de la escuela cuando tienes cinco años es, de hecho, más difícil de lo que la mayoría recuerda. El día que lanzamos nuestros globos, nos divertimos tanto que le pregunté a Josh si quería venir a mi casa al día siguiente para jugar. Él dijo que sí, que traería algunos de sus juguetes; y lo animé con que podríamos ir a explorar y quizá a nadar en el lago.

Estando en casa, lo consulté con mi mamá y me dijo que estaba bien. Mi entusiasmo era desmesurado, hasta que me di cuenta de que no tenía ninguna manera de contactar a Josh para contarle la noticia. Pasé todo el fin de semana preocupándome por si nuestra amistad se iba a disolver para el lunes.


Después del fin de semana, me sentí aliviado al descubrir que él se había topado con el mismo obstáculo y que pensó que era gracioso. Más tarde esa semana, los recordamos intercambiar nuestros números telefónicos. Mi mamá habló con el papá de Josh, y se decidió que mi mamá recogería a Josh y a mí de la escuela ese viernes. Alternamos esta estructura básica cada fin de semana. El hecho de que viviéramos tan cerca hacía las cosas mucho más fáciles para nuestros padres, quienes parecían estar ocupados con el trabajo constantemente.


El día que mi mamá y yo nos mudamos al otro lado de la ciudad al final de mi primer grado, estaba seguro de que había visto la conclusión de nuestra amistad. Conforme nos alejamos de la casa en la que había vivido toda mi vida, sentí una tristeza que sabía que no era solo por una casa: me estaba despidiendo de mi amigo por siempre. Pero Josh y yo —para mi sorpresa y gusto— permanecimos juntos.


A pesar del hecho de que solo nos veíamos los fines de semana, nunca perdimos nuestro parentesco distintivo. Nuestras personalidades colisionaban, nuestros sentidos del humor se complementaban mutuamente, y descubríamos con frecuencia que habíamos desarrollado un gusto independiente por las mismas cosas. Incluso sonábamos lo suficientemente similar como para que, cuando me quedaba en la casa de Josh, él llamara a mi mamá a veces pretendiendo ser yo; su taza de éxito era impresionante.


Mi mamá solía bromear con que la única forma de distinguirnos era por medio de nuestro cabello —él tenía cabello rubio oscuro liso, como su hermana; mientras que yo tenía cabello marrón oscuro rizado, al igual que mi mamá—.


Alguien podría creer que la circunstancia con la mayor probabilidad de separar a dos amigos jóvenes es aquello que está más allá de su control; sin embargo, creo que el catalizador de nuestra desvinculación gradual fue mi insistencia con que nos escabulléramos a mi casa vieja para buscar a Cajas.


El fin de semana siguiente a eso, invité a Josh a mi casa, manteniendo nuestra tradición de alternar casas, pero me dijo que no se sentía dispuesto. Empezamos a vernos menos progresivamente por el siguiente año; había pasado de ser una vez a la semana, a una vez al mes, a una vez cada par de meses.


En mi doceavo cumpleaños, mi mamá me dijo que lo festejaríamos. No había hecho muchos amigos desde que nos mudamos, y no me pudo hacer una fiesta sorpresa porque, precisamente, ella no sabía a quién invitar. Le mencioné al puñado de niños con los que me había acercado, y llamé a Josh para saber si quería venir. En un principio, me dijo que no creía que pudiera llegar, pero el día anterior a mi fiesta, me llamó para decirme que vendría. Me sentía muy emocionado porque no lo había visto en un largo tiempo.


La fiesta fue muy buena. Mi preocupación más grande era que Josh y los demás niños no se pudieran llevar bien, pero parecía que se agradaron lo suficiente. Josh estaba sorpresivamente callado. No me había traído un regalo y se disculpó por eso, pero le dije que no era para tanto; estaba feliz con que hubiera llegado. Traté de empezar varias conversaciones con él, pero todas terminaban en callejones sin salida. Le pregunté qué era lo que le pasaba, le dije que no comprendía por qué las cosas se habían vuelto tan incómodas entre nosotros —nunca habían sido así antes—. Solíamos juntarnos casi todos los fines de semana y hablábamos en el teléfono cada dos días. Le pregunté qué nos había pasado. Él me clavó la mirada después de estar fijado en sus zapatos, y simplemente dijo:


—Te fuiste.


Justo después de que dijera eso, mi mamá nos gritó desde la otra habitación que era momento para abrir los regalos. Forcé una sonrisa y caminé hacia el comedor, y ellos me cantaron «Feliz Cumpleaños». Había un par de cajas con envoltorio y muchas tarjetas, dado que la mayor parte de mi familia extendida vivía fuera de nuestro estado.


Los regalos eran tontos y poco memorables, aunque recuerdo que Brian me dio un juguete de Mighty Max en la forma de una serpiente que conservé por muchos años después de eso. Mi mamá había insistido con que abriera todas las tarjetas que me habían mandado y que le agradeciera a todas las personas que me habían dado una, porque hace muchos años, en Navidad, había roto los envoltorios y los sobres con tanto fervor que había destruido la posibilidad de discernir quién me había mandado cuál regalo, o cuál cantidad de dinero.


Separamos los que habían sido enviados en el correo de los que me habían traído ese día, para que mis amigos no tuvieran que ser espectadores de los regalos de personas que nunca habían conocido. La mayoría de las cartas de mis amigos tenían un par de dólares en ellas, y las de los miembros de mi familia contenían billetes más grandes.


Un sobre no tenía ningún nombre escrito en él, pero estaba en la pila, así que lo abrí. La tarjeta tenía un patrón floral genérico por el frente, y estaba un poco sucia, dando la impresión de que era una tarjeta que había sido recibida por alguien más, quien ahora la estaba reciclando para mi cumpleaños. En realidad, apreciaba la idea de que reutilizaran la tarjeta; siempre había pensado que las tarjetas eran tontas.


La incliné de manera que el dinero no se fuera a caer cuando la abriera, pero lo único que contenía en el interior era un mensaje que venía impreso en la tarjeta.


«Te amo».


Quienquiera que me había dado esa carta, no había escrito nada en ella, pero había marcado un círculo con lápiz encima del mensaje.


Me reí un poco y dije:


—Rayos, gracias por la increíble tarjeta, mamá.


Ella me vio con los ojos entrecerrados, y luego dirigió su atención a la tarjeta. Me dijo que no era de ella, y se veía jocosa cuando se la mostró a mis amigos, observando sus expresiones para tratar de identificar quién había hecho la broma. Ninguno de los niños dio un paso al frente, y mi mamá dijo:


—No te preocupes, cariño. Al menos ahora sabes que dos personas te aman.


Enfatizó eso con un beso extremadamente prolongado y cursi en mi frente, que transformó la perplejidad del grupo en histeria. Todos se estaban riendo, así que pudo haber sido cualquiera de ellos, pero Mike parecía estarse riendo más fuerte. Para convertirme en un participante en vez del sujeto del chiste, le dije que solo porque me hubiera dado una tarjeta, no debería pensar que lo iba a besar más tarde. Todos nos reímos, y cuando miré a Josh, vi que por fin estaba sonriendo.


—Bueno, creo que ese regalo pudo haber sido el ganador, pero tienes un par más que te falta abrir.


Mi mamá deslizó otro regalo frente a mí. Aún estaba sintiendo los temblores de risitas suprimidas en mi abdomen conforme rompía el papel colorido. Al ver el regalo, ya no tenía ninguna necesidad para aguantar mi emoción. Mi sonrisa se volteó mientras veía lo que me había dado. Era un par de walkie-talkies.


—¡Pues, adelante! ¡Muéstraselos a todos!


Los levanté, y todos parecieron aprobarlo, pero cuando capté la atención de Josh, pude ver que se había tornado de una tonalidad enfermiza de blanco. Entrelazamos nuestros ojos por un momento, y luego se dio la vuelta y caminó hacia la cocina. Mientras lo veía marcar un número en nuestro teléfono fijo, mi mamá me susurró al oído que sabía que Josh y yo no habíamos hablado mucho desde que uno de nuestros walkie-talkies se había roto, así que pensó que esto me gustaría. Fui invadido por un sentido de apreciación intenso hacia la consideración de mi mamá, pero este sentimiento fue sobrecogido por las emociones resucitadas de ese recuerdo que me había esforzado tanto por enterrar.


Cuando todos estaban comiendo pastel, le pregunté a Josh a quién había llamado. Me dijo que no se estaba sintiendo bien, y le avisó a su papá que lo pasara recogiendo. Entendí que se quería ir, pero le dije que deseaba que pudiéramos juntarnos más. Extendí uno de mis walkie-talkies en su dirección, pero él lo rechazó con su mano.


Desalentado, le dije:


—Bueno, gracias por venir, supongo. Espero que te pueda ver antes de mi siguiente cumpleaños.


—Lo siento... Trataré de llamarte más a menudo. En serio lo haré —me dijo.


La conversación se atascó mientras esperábamos a su papá cerca de mi puerta. Contemplé su rostro. Josh se veía genuinamente arrepentido de que no se hubiera esforzado más. Pero sentí que su humor se reforzó por una idea que lo había golpeado. Me dijo que ya sabía qué era lo que me iba a dar para mi cumpleaños. Que tardaría un poco, pero que pensaba que me iba a encantar.

Parecía portar un mejor espíritu, y se disculpó por haber sido un aguafiestas. Dijo que estaba cansado, que no había podido dormir muy bien. Le pregunté a qué se debía eso cuando abrió la puerta en respuesta a la bocina de su papá. Se dio la vuelta hacia mí y me gesticuló un adiós en tanto respondía mi pregunta:


—Creo que he estado caminando dormido.


Esa fue la última vez que vi a mi amigo, y un par de meses más tarde, se había ido.


...


En la actualidad, mi relación con mi mamá se ha lacerado estas últimas semanas por mis intentos de saber más detalles sobre mi infancia. Es común el caso de que alguien no sabe distinguir el punto de quiere de algo hasta que provoca una fractura, y después de la última conversación con mi mamá, imagino que pasaremos el resto de nuestras vidas tratando de reparar lo que nos tomó una vida entera construir.


Ella había designado tanta energía en mantenerme a salvo, tanto física como psicológicamente... pero creo que los muros que pretendían aislarme del daño, también estaban protegiendo su propia estabilidad emocional.


A medida que la verdad salió a flote la última vez que hablamos, pude escuchar un estremecimiento en su voz que creo que reverberaba el colapso de su mundo. No imagino que mi mamá y yo seguiremos hablando mucho ahora, y aunque aún existen ciertas cosas que no comprendo, creo que sé lo suficiente.


...


Después de que Josh desapareció, sus padres habían hecho todo lo que pudieron para encontrarlo. Desde el primer día, la policía había sugerido que contactaran a todos los padres de los amigos de Josh para verificar si estaba con alguno de ellos. La policía había sido incapaz de proveer cualquier dato nuevo acerca del paradero de Josh, a pesar del hecho de que habían recibido una llamada anónima de una mujer que les rogaba que compararan ese caso con el caso de acecho que había sido abierto hace seis años.


Si la noción de la realidad de la madre de Josh se debilitó cuando su hijo se esfumó, entonces se rompió cuando Veronica murió. Ella había visto morir a muchas personas en el hospital, pero no hay ninguna medida de desensibilización que pueda inocular a una persona en contra de la muerte de su propio hijo.


Ella visitaba a Veronica dos veces al día, una vez antes de su jornada de trabajo, y una vez después. El día que Veronica murió, su madre salió tarde de su trabajo, y para cuando llegó al hospital de su hija, Veronica ya había sido declarada muerta.


Esto fue demasiado para ella, y con el transcurso de las siguientes semanas, se volvió más y más inestable. Con frecuencia, vagaba en la intemperie gritándole a Josh y Veronica que regresaran a casa, y hubo muchas instancias en las que su esposo la encontró merodeando mi vecindario viejo a la mitad de la noche —pobremente vestida y buscando, desamparada, a su hijos—.


A raíz del deterioro mental de su esposa, el papá de Josh ya no podía viajar por su trabajo, y comenzó a tomar trabajos de construcción de menor paga con tal de estar cerca de casa. Cuando se dieron a la tarea de expandir mi viejo vecindario aún más —alrededor de tres meses después de la muerte de Veronica—, el papá de Josh aplicó a todas las vacantes disponibles y fue contratado. Él estaba cualificado para liderar sitios de construcción, pero tomó un trabajo como un personal auxiliar para la construcción de marcos y la limpieza de los sitios, y todo lo que se necesitara. Incluso aceptaba los trabajos ocasionales que se presentaban —podar céspedes, reparar cercas—; cualquier cosa que evitara la necesidad de viajar.


Ejecutaron una poda del bosque en el área del afluente para transformar la tierra en propiedad habitable. Al papá de Josh se le delegó la responsabilidad de nivelar el terreno deforestado, y este proyecto le garantizaría muchas semanas se trabajo.


Al tercer día, llegó a un lugar que no podía nivelar. Cada vez que conducía encima de él, se sentía más bajo que el terreno circundante. Frustrado, se bajó de la máquina para visualizar el área. Estaba tentado a simplemente arrojar tierra en la depresión, pero sabía que eso solo sería una solución estética y temporal. Había trabajado en construcción por años, y sabía que, a veces, los sistemas de raíces de los árboles grandes que son cortados se descomponen, causando debilidades en el suelo que también se manifiestan en la superficie. Sopesó sus opciones y optó por cavar con una pala en caso de que el problema pudiera ser resuelto sin depender de una máquina que tendría que ser traía desde otro sitio de construcción.


Y a medida que mi mamá describió en dónde era, supe que había estado en ese lugar antes de que el suelo fuera perforado y antes de que fuera rellenado.


Sentí una rigidez en mi pecho.


Él cavó un agujero de metro y medio en la depresión del terreno más céntrica, hasta que su pala chocó con algo duro. Enterró la pala continuamente en un intento por determinar el grosor de la raíz y la densidad de la red, cuando, de repente, su pala atravesó la resistencia. Confundido, agrandó el agujero. Después de media hora de estar excavando, acabó frente a un cajón de dos metros de largo y un metro de ancho. Estaba cubierto con una sábana café que se metía por un costado de la madera.


Nuestras mentes se dedican a evitar la disonancia. Si albergamos una creencia lo suficientemente fuerte, nuestras mentes rechazarán con vigor la evidencia conflictiva para que podamos conservar la integridad de nuestro entendimiento del universo.


Hasta ese preciso momento, y a pesar de todo lo que la lógica hubiese indicado —a pesar del hecho de que una pequeña y sofocada parte de él entendiera encima de qué estaba parado—, este hombre creía, sabía, que su hijo estaba vivo.


Mi mamá recibió una llamada a las seis de la noche. Reconoció de quién era, pero no logró entender qué era lo que le decía.


Lo que sí comprendió, la hizo salir de inmediato.


«AQUÍ ABAJO... AHORA... HIJO... DIOS, POR FAVOR».


Cunado llegó, encontró al papá de Josh sentado perfectamente inmóvil con su espalda contra el agujero. Estaba sosteniendo la pala con tanta firmeza que se podría partir, y estaba viendo directamente hacia el frente con ojos que se veían tan muertos como los de un tiburón. No respondió a ninguna de las palabras de mi mamá, y solo reaccionó cuando ella trató de quitarle la pala con gentileza.


Arrastró su mirada hacia los ojos de mi mamá, y dijo: «No lo entiendo». Repitió eso como si hubiese olvidado todas las demás palabras, y mi mamá aún lo podía escuchar murmurándolo cuando caminó a su lado y dio un vistazo al agujero.


Ella me dijo que deseó haberse arrancado los ojos antes de ver hacia el cráter, y yo le contesté que ya sabía qué era lo que estaba a punto de decir, y que no necesitaba continuar. Observé su rostro y estaba expresando una mirada de una desesperación tan marcada, que hizo que mi estómago se volteara. Me di cuenta de que ella había sabido esto por casi diez años, y que había contado con que nunca me lo tuviera que decir. Como resultado, nunca había entrelazado las palabras apropiadas para describir lo que vio, y mientras estoy sentado aquí, afronto la misma dificultad de articulación.


Josh estaba muerto. Su rostro se había hundido y contorsionado de tal manera que era como si la miseria y la desesperanza de todo el mundo hubiese sido transferida a él. El olor agresivo del deterioro se elevó desde la cripta, y mi madre se tuvo que cubrir su nariz y boca para impedir que vomitase. La piel de Josh estaba agrietada, casi reptiliana, y un flujo de sangre que surcaba estas líneas se había secado sobre su cara después de haberse acumulado y manchado la madera alrededor de su cabeza. Sus ojos se preservaban semiabiertos, fijados hacia arriba. Mi mamá dijo que, por su aspecto, no había muerto desde hace mucho, y el tiempo no le había conferido la piedad de la degradación para eliminar el dolor y el terror que ahora estaba tallado en su rostro. El resto de su cuerpo, sin embargo, no era visible.


Alguien más lo estaba cubriendo.


Era grande y yacía boca abajo encima de Josh, y a medida que la mente de mi mamá se ensanchó lo suficiente como para poder absorber lo que sus ojos trataban de decirle, se hizo consciente de la relevancia de la manera en la cual reposaba.


Estaba abrazando a Josh.


La muerte mantenía gélidas sus piernas, pero adoptaban la forma de enredaderas en un bosque tropical exuberante. Uno de sus brazos descansaba debajo del cuello de Josh, solo enrollarse en su cuerpo de manera que pudieran acostarse aún más cerca.


Cuando el sol pasó a través de los árboles, su luz se reflejó en algo adherido a la camisa de Josh. 


Mi mamá se encorvó en una rodilla para levantar el cuello de su camisa a la altura de su nariz y poder bloquear el hedor. Al ver qué fue lo que atrapó al sol, sus piernas la abandonaron y casi se cae en la tumba.


Era una fotografía...


Era una fotografía mía de cuando era niño.


Se tambaleó hacia atrás, jadeando y tiritando, y colisionó con el papá de Josh, quien aún se sentaba apartando su mirada del agujero. Comprendió por qué la había llamado, pero no se pudo forzar a sí misma a revelarle lo que le había ocultado a los demás durante todos esos años. La familia de Josh nunca supo nada acerca de la noche en la que yo me desperté en el bosque. Ella sabía que tuvo que haberles dicho, pero contárselo ahora no ayudaría en nada.


En tanto se sentaba ahí apoyando su espalda en el papá de Josh, él habló.


—No le puedo decir a mi esposa. No le puedo decir que nuestro niño pequeño...


Su voz menguó cuando presionó su rostro húmedo en sus manos embarradas con tierra:


—No podría soportarlo...


Después de un momento, se puso de pie y se movió hacia la tumba. Con un último sollozo, se bajó hacia el ataúd. El papá de Josh es un hombre grande, pero no era tan grande como el hombre en el cajón. Agarró el reverso de la camisa del sujeto y jaló con fuerza —era como si intentara lanzar al hombre desde la tumba con un solo gesto—. Pero la camisa se rasgó y el cuerpo cayó de nuevo sobre su hijo.


—¡HIJO DE PUTA!


Agarró al hombre desde los hombros y lo arrojó hacia atrás hasta que lo había levantado de Josh, sentándolo incómodamente, pero derecho, contra la pared de la tumba. Observó al hombre y se echó un paso hacia atrás.


—Oh, Dios... Oh, Dios, no. No, no, no... Dios, por favor... ¡DIOS, POR FAVOR, NO!


Con movimientos ralentizados pero poderosos, alzó y empujó el cadáver afuera del agujero, y los dos escucharon el sonido de vidrio rodando por la madera. Era una botella. Se la entregó a mi mamá.


Era éter.


—Oh, Josh —se lamentó—. Mi niño... ni niño pequeño. ¿Por qué hay tanta sangre? ¡¿Qué te hizo?!


Conforme mi mamá observaba al hombre que estaba boca arriba, supo que encaraba a la persona que había acechado nuestras vidas por más de una década. Ella se lo había imaginado tantas veces —siempre maligno y aterrador—, y el llanto del papá de Josh parecían confirmar sus peores miedos. Pero mientras se fijaba en su rostro, pensó que no se veía como quien se había imaginado; solo era un hombre.


Enfocándose en su expresión congelada, en realidad se veía serena. Las esquinas de sus labios se giraban hacia arriba un poco; vio que estaba sonriendo. No era la sonrisa esperada del maniático de alguna película o historia de terror; no era la sonrisa de un demonio, o la sonrisa de un amigo. 


Esa era la sonrisa de alegría o satisfacción. Era la sonrisa de dicha.


Era la sonrisa de amor.


Debajo de su cuello, vio una herida tremenda en su piel, en donde la piel había sido arrancada. Al principio, se sintió aliviada de que la sangre no había sido de Josh. Quizá él había sufrido menos. Pero este consuelo fue breve una vez que se dio cuenta de lo equivocada que estaba. Se llevó una mano a su boca y musitó, casi como si tuviera miedo de recordarle al mundo lo que había sucedido:


—Estaban vivos.


Josh debió de haber mordido el cuello del hombre en un intento por liberarse, y a pesar de que el hombre había muerto, Josh no pudo moverlo.


Comencé a llorar cuando pensé en cuánto tiempo Josh estuvo atrapado ahí.


Mi mamá revisó los bolsillos del hombre para encontrar algún tipo de identificación, pero solo encontró un pedazo de papel. En él, había un dibujo de un hombre sosteniendo la mano de un niño pequeño, y, al lado del niño, estaban unas iniciales.


Mis iniciales.


En tanto el padre de Josh sacaba a su hijo de la tumba, mi mamá deslizó el pedazo de papel en su bolsillo. Él continuó murmurando que el cabello de su hijo había sido teñido. Mi mamá confirmó que era cierto; ahora tenía una tonalidad de marrón oscuro, y también notó que había sido vestido extrañamente, pues su ropa era demasiado pequeña.


Después de que el papá de Josh acostó a su hijo con delicadeza sobre la tierra suave, empezó a presionar su mano gentilmente contra el pantalón de su hijo para palpar sus bolsillos, y escuchó una arruga. Con cuidado, recuperó un pedazo de papel doblado del bolsillo de Josh. Lo escudriñó, pero se irritó. Ausentemente, se lo pasó a mi madre, pero ella tampoco lo reconoció.


Ella me dijo que era un mapa, y sentí que mi corazón se fragmentó. Josh estaba terminando el mapa; esa tuvo que haber sido su idea para mi regalo de cumpleaños. Y deseé, fútilmente, que no hubiese sido secuestrado mientras lo expandía, como si eso fuese a importar ahora.


Ella escuchó al papá de Josh gruñir y lo vio empujando el cuerpo del hombre en la tierra. A medida que caminó hacia la máquina con la que había encontrado ese lugar, puso su mano en un bote de gasolina y se detuvo con su espalda hacia mi mamá.


—Deberías irte.


—Lo siento mucho.


—No es tu culpa. Yo hice esto.


—No puedes pensar así. Esto no tiene nad...


Él la interceptó rotundamente, sin proyectar emoción alguna.


—Hace más o menos un mes, un hombre se me acercó mientras estaba limpiando en el sitio de construcción una cuadra abajo. Me preguntó si quería hacer algo de dinero extra, y como mi esposa no está trabajando, acepté. Me dijo que algunos niños habían cavado varios agujeros en su propiedad, y que me ofrecía cien dólares para rellenarlos. Me dijo que primero quería tomar unas fotografías para la compañía de seguros, pero que si llegaba después de las cinco de la tarde del día siguiente, estaría bien. Pensé que ese hombre era un estúpido, porque muy pronto iba a tener que limpiar esa área de todas formas, pero necesitaba el dinero. Ni siquiera creí que tuviera los cien dólares, pero puso el billete en mi mano, e hice el trabajo al día siguiente. He estado tan exhausto, que no volví a pensar en ello hasta hoy, cuando quité al mismo hombre desde encima de mi hijo.


El papá de Josh apuntó hacia la tumba.


—Me pagó cien dólares para que lo enterrara junto a mi hijo.


Fue como si decirlo en voz alta lo obligara a aceptar lo que había pasado, y se desmoronó al suelo entre lágrimas. Mi mamá no pudo pensar en nada que decir, y solo se mantuvo en silencio hasta que finalmente le preguntó qué era lo que iba a hacer con Josh.


—Su última morada no será aquí con ese monstruo.


...


Cuando mi mamá dio un vistazo hacia atrás, habiendo llegado a su auto, pudo ver humo negro ondulándose y neutralizando el ámbar del cielo. Y ansió, contra todas las esperanzas, que los padres de Josh estuvieran bien.


Abandoné la casa de mi mamá sin decir mucho más. Le dije que la amaba, y que hablaría con ella pronto, pero no sé lo que esa palabra implica para nosotros. Me subí a mi auto y me fui.

Ahora entiendo por qué los eventos de mi infancia se habían detenido desde hace años. Como un adulto, ahora veo las conexiones que se perdieron en un niño que tendía a ver el mundo en capturas en vez de secuencias.


Reflexioné acerca de Josh. Lo amé entonces, y lo sigo amando. Lo extraño más ahora que sé que nunca lo volveré a ver, y me encuentro deseando que lo hubiese abrazado la última vez que lo vi.


Reflexioné acerca de sus padres, de cuánto habían perdido y de cuán rápido había transpirado esa pérdida. Ellos no saben de mi conexión con nada de esto, pero ahora nunca podré verlos a los ojos.


Reflexioné acerca de Veronica. Solo la había llegado a conocer más tarde en mi vida, pero durante esas breves semanas, pienso en realidad legué a amarla.


Reflexioné acerca de mi madre. Se había esforzado tanto por protegerme, y fue más fuerte de lo que yo alguna vez podré ser.


Traté de no pensar acerca del hombre y de lo que le hizo a Josh por más de dos años.


En su mayoría, solo pienso en Josh. A veces desearía que nunca se hubiese sentado al otro lado de mí aquel día en kínder; que nunca me hubiese permitido descubrir lo que se sentía tener un amigo verdadero. El mundo es un lugar cruel, hecho aún más cruel por el ser humano. No habrá justicia para mi amigo, ninguna confrontación final, ninguna venganza; ha pasado una década desde que terminó para todos aparte de mí.


Te extraño, Josh. Me disculpo por que me hayas elegido, pero siempre atesoraré mis recuerdos contigo.


Fuimos exploradores.


Fuimos aventureros.


Fuimos amigos.

hybrid_ningen Aug 3 · Rate: 5 · Tags: creepypasta, penpal
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Al final del verano entre preescolar y mi primer año de primaria, me resfrié. El resfriado estomacal tiene todos los componentes de un resfriado cotidiano; sin embargo, con este vomitas en una cubeta y no en el retrete porque ya estás sentado en él —la enfermedad se purga desde ambas salidas—. Duró alrededor de diez días, pero justo antes de que pasara, el malestar recibió una extensión en la forma de conjuntivitis. Mis párpados se habían fusionado tanto entre sí por la mucosidad seca generada durante la noche que, la primera mañana con la infección, pensé que me había quedado ciego.


Cuando comencé mi primer grado, tenía un calambre en mi cuello por los diez días de descanso letárgico, y dos ojos inflamados e inyectados de sangre. Josh estaba en otro Grupo y no almorzábamos a la misma hora, así que, incluso en una cafetería reventando con docientos niños, tenía una mesa para mí mismo.


Empecé a mantener comida de repuesto en mi mochila, la cual llevaba al baño para comer después del almuerzo, dado que mis comidas escolares usualmente eran confiscadas por niños mayores que sabían que no podría hacerles frente, pues nadie se sentaba conmigo. Esta dinámica persistió incluso después de que mi condición había mejorado; nadie quiere ser amigo del niño que es acosado. La única razón por la que se detuvo fue por las acciones de un niño llamado Alex.

Alex estaba en tercer grado y era más grande que la mayoría de los demás niños de cualquier grado. Alrededor de la tercera semana escolar, comenzó a sentarse conmigo en el almuerzo, y esto marcó el final inmediato para el escaseo de mi suministro de comida. Él era lo suficientemente amable, pero me parecía un tanto lento. Nunca hablábamos a profundidad, excepto cuando al fin decidí preguntarle por qué se sentaba conmigo.


Estaba enamorado de la hermana de Josh, Veronica. Veronica iba a cuarto grado y probablemente era la chica más linda de la escuela. Incluso a la edad de seis años, cuando apoyaba por completo la noción de que las niñas eran asquerosas, estaba consciente de cuán linda era Veronica. En su tercer grado, Josh me contó que dos chicos habían entablado una pelea física a raíz de un argumento sobre la relevancia de los mensajes que ella había escrito es sus anuarios. Uno de los chicos golpeó al otro en la frente con la esquina del anuario, y la herida requirió suturas.

Aunque no fue uno de esos niños, Alex quería que ella se interesara en él, y me confesó que sabía de mi amistad con Josh. Comprendí que había anticipado que yo le expresaría su acción ostensiblemente filantrópica a Veronica, y que ella se sentiría conmovida por su altruismo. Si le contaba, él se seguiría sentando conmigo por todo el tiempo que fuera necesario.


Debido a que esto aconteció durante el tiempo en el que Josh se quedaba en mi casa construyendo la balsa, y navegando el afluente conmigo, no tuve la oportunidad de hablar con Veronica; simplemente no la veía. Se lo mencioné a Josh y él se burló de Alex, pero dijo que le contaría a su hermana si eso era lo que yo quería. Dudé que lo haría. Josh estaba irritado con que las personas parecieran estar tan cautivadas por su hermana. Recuerdo que se refería a ella como «vaca horrorosa». Nunca le comenté nada a Josh, pero recuerdo haber querido decir, incluso entonces, que ella era linda y que un día sería hermosa.


Tuve razón. Cuando tenía quince años, estaba viendo una película en un lugar que mis amigos y yo llegamos a llamar el «Teatro Mugroso». Quizá fue agradable en algún punto, pero el tiempo y la negligencia habían marchitado al lugar gravemente. El teatro tenía mesas transportables y sillas en el piso más bajo, así que cuando la sala estaba llena, había pocos lugares en los que te podías sentar para ver toda la pantalla. Imagino que el teatro aún estaba abierto por tres razones: era barato ver una película ahí; mostraban una película de culto varias veces al mes a la medianoche; y porque vendían cerveza a menores de edad durante las funciones de medianoche. Fui a las primeras dos, y esa noche estaban pasando Scanners, de David Cronenberg, por un dólar.


Mis amigos y yo estábamos sentados hasta el fondo. Quería sentarme más cerca del frente para tener un mejor panorama, pero Ryan nos había traído, así que cedí. Un par de minutos antes de que la película comenzara, un grupo de niñas entró. Todas eran muy atractivas, pero fuera cual fuera la belleza que tenían, era eclipsada por la chica de cabello rubio oscuro. Conforme se giró para moverse a su asiento, pude captar una vista plena de su rostro, lo cual gatilló la sensación de mariposas en mi estómago; era Veronica.


No la había visto en un largo tiempo. Josh y yo nos dejamos de ver progresivamente luego de que nos escabullimos en mi casa vieja aquella noche cuando teníamos diez años. Mientras que todos los demás se enfocaban en la pantalla, yo me concentré en Veronica, solo volteándome cuando el sentimiento de que estaba siendo un pervertido me sobrecogía. Ella era realmente hermosa, justo como pensé que sería.


Mis amigos se levantaron una vez que los créditos empezaron a rodar. Solo había una salida y no querían quedarse atascados esperando a que la multitud se despejara. Me entretuve en mi asiento con la esperanza de que pudiera captar la atención de Veronica. Al ver que ella y sus amigas caminaron a mi lado, tomé la oportunidad.


—Oye, Veronica.


Se volteó hacia mí, observándome un poco sorprendida.


—¿Sí?


Me levanté de mi asiento y me paré hacia la luz que sobresalía de la puerta abierta.


—Soy yo. El amigo de Josh, de hace tiempo. Cómo... ¿Cómo has estado?


—¡Oh, por Dios! ¡Oye! ¡Ha pasado tanto! —Le gesticuló a sus amigas que saldría en un momento.


—Sí, unos cuantos años, ¡al menos! No desde la última vez que me quedé con Josh. ¿Cómo le va a él, por cierto?


—Ah, es cierto. Recuerdo todos sus juegos. ¿Aún juegas a las Tortugas Ninja con tus amigos?


Se rio por lo bajo y yo me sonrojé.


—No. Ya no soy un niño... Mis amigos y yo ahora jugamos de X-Men. —En verdad estaba esperando que se riera.


Lo hizo.


—¡Jaja! Eres lindo. ¿Vienes a estas películas siempre?


Aún estaba impresionado por lo que dijo. «¿Piensa que soy lindo? ¿Simplemente quiso decir que soy gracioso? ¿Piensa que soy atractivo?». De pronto, me di cuenta de que me había hecho una pregunta, y mi mente trató de procesar lo que había sido.


—¡SÍ! —dije con demasiada fuerza—. Sí. Lo intento, al menos. ¿Qué hay de ti?


—Vengo aquí de vez en cuando. A mi novio no le gustaban estas películas, pero acabamos de romper, así que planeo venir de ahora en adelante.


Traté de parecer casual, pero fallé.


—Oh, pues genial... ¡No que hayan terminado! Sino que vayas a poder venir más a menudo.


Se rio de nuevo. Intenté recuperarme.


—¿Así que vendrás la semana que viene? Supuestamente van a pasar Day of the Dead. Es bastante genial.


—Sí, estaré aquí.


Sonrió, y estaba a punto de sugerir que quizá nos podríamos sentar juntos, cuando acortó rápidamente el espacio entre nosotros y me abrazó.


—Fue muy bueno verte —me dijo con sus abrazos rodeándome.


Estaba tratando de pensar qué decir, pero mi mayor problema era que había olvidado cómo hablar. 


Por suerte, Ryan, a quien podía escuchar aproximándose desde el pasillo, vino y me habló.


—Ey, ¿sí sabes que la película se acabó, verdad? Vámonos a la verg... AHHHH SÍÍÍÍÍÍ.


Veronica me soltó y dijo que me vería la próxima vez. Fue ahuyentada de la sala por los sonidos pornográficos que Ryan estaba haciendo. Me había enfurecido, pero esto se disipó tan pronto como escuché a Veronica riéndose en el vestíbulo.


No podía esperar para la película. La familia de Ryan iba a salir de la ciudad, así que él no sería capaz de llevarnos, y los otros amigos con los que estaba esa noche no tenían carros. Un par de días antes de la película, le pregunté a mi mamá si me podía llevar. Respondió casi de inmediato negándome mi petición, pero insistí y ella notó la desesperación en mi voz. Me preguntó por qué tenía tantas ganas de ir si ya había visto la película, y dudé antes de decirle que esperaba encontrarme con una chica. Me sonrió y me preguntó en broma si ella la conocía, a lo que respondí con reticencia que era Veronica. La sonrisa desapareció de su rostro y reiteró, con frialdad, que «no».


Decidí que llamaría a Veronica para ver si ella me podía recoger. No tenía idea de si aún vivía en la misma casa, aunque valía la pena el intento. Pero entonces me di cuenta de que Josh podría contestar. No había hablado con él en casi tres años, y si me contestaba, obviamente no podía pedir que me pasara a su hermana. Me sentía culpable por llamar para hablar con Veronica y no con Josh, pero hice a un lado este sentimiento; Josh tampoco me había llamado en años. Levanté el teléfono y marqué el número que aún estaba tallado en mi memoria muscular por haberlo marcado con tanta frecuencia hace todos esos años.


Timbró varias veces antes de que alguien contestara. No era Josh. Sentí una mezcla tanto de alivio como de decepción; comprendí en ese segundo que en verdad había extrañado a Josh. Llamaría después de ese fin de semana y hablaría con él, pero esa era mi única oportunidad para saber si Veronica me podía llevar.


La persona en la otra línea me dijo que había marcado el número equivocado. Le repetí el número, y me lo confirmó. Dijo que debieron de haberlo cambiado, y estuve de acuerdo. Me disculpé por la inconveniencia y colgué. Me sentí intensamente triste de un momento a otro porque ahora no podría contactar a Josh incluso si quería; me sentí terrible por haber tenido miedo de que pudiera contestar el teléfono. Había sido mi mejor amigo de todos.


La única manera en la que podría ponerme en contacto con él era a través de Veronica. Así que ahora, y no es como si lo necesitara, pero tenía otra razón para verla.


Le dije a mi mamá el día previo a la película que ya no estaba preocupado por ir, pero que quería saber si me podía dejar en la casa de mi amigo Chris. Accedió y me fue a dejar ese sábado unas horas antes de la película. Mi plan era caminar desde su casa hasta el teatro, dado que solo vivía a un par de kilómetros de distancia. Ellos iban a la iglesia los domingos por la mañana, y sus papás se iban a dormir temprano la noche anterior.


Me fui de su casa a las once y veinte. Quería llegar solo un poco antes de la película. Iba por mi propia cuenta y no quería estar esperando ahí. En mi camino hacia el teatro, supuse que si Verónica se presentaba, sería muy conveniente que llegáramos a la entrada al mismo tiempo. Me debatí si debía esperar afuera del teatro o solo entrar. Ambas alternativas tenían sus ventajas y desventajas. En tanto meditaba estas preocupaciones, noté que la cegadora corriente constante de faros de auto había sido sustituida por un resplandor solitario que se rehusaba a pasar. La carretera no era iluminada por el alumbrado público, así que yo estaba caminando en la grama con la carretera a medio metro de mi izquierda. Me paré un poco más hacia mi derecha y giré el cuello para ver quién estaba detrás de mí.


Un auto se había detenido a varios metros de distancia.


Lo único que podía ver eran sus luces violentamente brillantes que penetraban los alrededores. Pensé que podría ser uno de los padres de Chris, que quizá habían ido a su habitación y vieron que yo estaba ausente. No hubiera tomado mucho para presionar a Chris a que confesara.


Di un paso hacia el auto, y rompió su pausa, comenzando a manejar hacia mí a un ritmo vacilante. Pasó a mi lado y no era el auto de los padres de Chris, o ningún auto que reconociera, de hecho. Traté de ver quién era el conductor, pero estaba muy oscuro y sus ventanas estaban polarizadas.

No pensé mucho al respecto; algunas personas encuentran gracioso el asustar a otras —yo me había ocultado con frecuencia en esquinas y asustado a mi mamá, después de todo—.

Lo calculé bien y llegué ahí unos diez minutos antes de la película. Había decidido esperar afuera hasta las once con cincuenta y siete minutos, pues eso me daría tiempo para encontrar a Veronica adentro si ya estaba sentada. Mientras consideraba la posibilidad de que quizá no vendría, la vi. 

Estaba sola, y era hermosa.


La saludé con la mano y me acerqué a ella. Me sonrió y me preguntó si mis amigos ya estaban adentro. Le dije que no, y me di cuenta de que debió haber parecido que estaba tratando de forzar una cita. Ella no se molestó por eso, ni se incomodó cuando le entregué su boleto que ya había comprado. Me vio socarronamente, y le dije: «No te preocupes, soy rico». Ser rio y fuimos adentro.


Nos traje palomitas y dos bebidas, y me entretuve la mayor parte de la película debatiéndome si debía acercar mi mano a las palomitas al mismo tiempo que ella para que se pudieran rozar. Se miraba que estaba disfrutando la película, y, de un momento a otro, había terminado. No permanecimos en el teatro, y puesto que era la función de medianoche, no podíamos deambular en el vestíbulo.


El estacionamiento del teatro era grande y se conectaba con un mall que estaba fuera de negocios. Queriendo evitar que la noche finalizara, seguí la conversación mientras caminábamos hacia el viejo mall. Antes de cruzar la esquina y perder la vista del teatro, miré hacia atrás y vi que su auto no era el único que quedaba en el estacionamiento: el otro era del mismo color y modelo que el auto de hace una horas.


Mi intranquilidad inmediata se convirtió en entendimiento. Ahora tenía más sentido. El conductor trabajaba aquí y debió haber observado que yo iba al teatro. Inyectar terror verdadero en un fanático del género era la táctica más lógica.


Caminamos alrededor del mall y hablamos de la película. Le dije que había pensado que Day of the Dead era mejor que Dawn of the Dead, pero ella se rehusó a estar de acuerdo. Le conté lo que sucedió cuando llamé a su número viejo y mi dilema acerca de quién iba a contestar. No lo encontró tan gracioso como yo, pero tomó mi teléfono y puso su número en él. Comentó que el mío tenía que ser el peor celular que había visto. Su evaluación no rescindió cuando agregué que no podía recibir o tomar fotografías. La llamé para que tuviera mi número.


Me dijo que se estaba graduando, pero que no le había ido bien en la secundaria ese año, así que no estaba segura de si sería admitida en alguna universidad. Le dije que adjuntara una fotografía de sí misma en la aplicación, y que la aceptarían solo para poder admirarla. Ella no se rio, y pensé que la pude haber ofendido. La miré de reojo nerviosamente y me estaba sonriendo. Incluso bajo la escasa luz, podía notar que se estaba sonrojando. Quería sostener su mano, pero no lo hice.

Mientras regresábamos del extremo opuesto del mall hacia el teatro, le pregunté sobre Josh. Ella me dijo que no quería hablar de eso. Le pregunté si al menos le iba bien, y solo me dijo que «no lo sabía». Supuse que Josh debió haber tomado una mala decisión en algún punto, y que se empezó a meter en problemas. Me sentí mal. Me sentí culpable.


Estando en el estacionamiento, noté que aquel auto se había ido, y que el de ella era el único auto que restaba. Me preguntó si necesitaba un aventón, y aunque en realidad no lo necesitaba, le dije que se lo agradecería. Me había bebido toda mi gaseosa durante la película, y el caminar tanto estaba poniendo presión en mi vejiga. Sabía que podía esperar hasta que regresara a la casa de Chris, pero había decidido que iba a tratar de besarla cuando llegáramos ahí, y no quería que esta inquietud biológica me sacara del auto en un apuro. Sería mi primer beso.


No podía idear ninguna treta para camuflar lo que quería hacer. El teatro había cerrado y solo tenía una opción. Le dije que lo haría detrás de teatro, pero que volvería en «dos sacudidas». Era evidente que pensé que fue hilarante, y creo que ella se rio más por lo gracioso que me pareció a mí que por lo gracioso que era en realidad.


Noté que había una cerca metálica estirándose paralelamente por detrás del muro del edificio. En donde me encontraba, ella aún podía verme, y la cerca no tenía un fin visible. Supuse que solo me la saltaría y trataría de volver lo más pronto posible. Quizá era muy trabajoso, pero pensé que era lo más cortés. Escalé la cerca y me alejé para poder orinar.


Durante un momento, lo único que podía escuchar eran los grillos en la grama y la colisión de líquido contra el cemento. Estos sonidos fueron abrumados por un chirrido difuso que se aquietó velozmente, siendo reemplazado por una cascada de vibraciones atronadoras.


No tardé en entender lo que era: un auto agravando el rugido de su motor.


Me volteé hacia la cerca, pero antes de que pudiera reaccionar, escuché un grito interrumpido, y la repercusión del motor culminó en un golpe seco aturdidor.


El estrépito del motor se reanudó al instante. Empecé a correr; me preocupaba que la persona que chocó el auto necesitara ayuda. Al llegar a la cerca, vi que solo había un auto en el estacionamiento. No vi ninguna evidencia de un choque, y pensé que quizá había malinterpretado su dirección o proximidad. Cuando corrí hacia el auto de Veronica, y mi orientación cambió, vi lo que el auto había golpeado. Mis piernas dejaron de funcionar casi completamente.


Su auto se encontraba entre nosotros, y a medida que acortaba la distancia y lo rodeaba, pude ver a Veronica con plenitud.


Su cuerpo estaba torcido y arrugado como una figura descartada que pretendía representar un catálogo de cosas que el cuerpo humano no es capaz de hacer. Podía ver el hueso de su espinilla derecha cortando a través de sus pantalones, y su brazo izquierdo envolvía tan rígidamente el reverso de su cuello, que su mano caía en su pecho derecho. Su cabeza estaba inclinada hacia atrás y su boca se abría con amplitud hacia el cielo. No había mucha sangre. Mientras la observé por primera vez, se me hizo difícil apreciar si estaba acostada sobre su espalda o sobre su estómago, y esta ilusión óptica me enfermó. Cuando eres confrontado con algo que simplemente no pertenece a este mundo, tu mente trata de convencerse a sí misma de que está soñando, y con ese fin te transfiere la sensación amainada de que todas las cosas se mueven lentamente. En ese momento, en verdad sentí como que iba a despertar en cualquier momento.


Pero no desperté.


Busqué mi teléfono a tientas para llamar por ayuda, pero no tenía señal. Pude ver el teléfono de Veronica saliendo de lo que pensé que era su bolsillo derecho. Temblando, extendí una mano a su teléfono, y conforme lo deslicé, ella se movió y jadeó agresivamente en busca de aire, como si tratase de inhalar el mundo entero.


Esto me sobresaltó tanto que trastabillé y caí en el asfalto con su teléfono en mi mano. Ella trataba de reajustar su cuerpo para devolverlo a su posición natural, pero con cada espasmo y tirón, podía escuchar la ruptura y el moler de huesos. Por reflejo, me eché hacia ella y puse mi rostro sobre el suyo.


—Verónica, no te muevas. No te muevas, ¿está bien? Solo quédate quieta. No muevas. Veronica, por favor, no te muevas más.


Continué diciendo eso, pero las palabras empezaron a desmoronarse a medida que las lágrimas caían por mi rostro. Abrí su teléfono; aún funcionaba. Llamé al novecientos once y esperé con ella, diciéndole que estaría bien, y sintiéndome culpable por mentirle cada vez que lo decía.


Cuando el ruido de las sirenas atravesó el aire, ella se notó más alerta. Había permanecido consciente desde que la encontré, y ahora un poco más de luz regresaba a sus ojos. Su cerebro aún la protegía del dolor, pero se veía como que si al fin le estaba permitiendo estar consciente de que algo estaba terriblemente mal en ella.


Sus ojos rodaron hacia los míos y sus labios se movieron. Estaba batallando, pero la escuché.


—M... Mi... fot... foto. M... Mi foto... me tomó una... foto.


No entendí a qué se refería, y le dije lo único que podía decir:


—Lo siento tanto, Veronica.


Conduje en la ambulancia con ella en donde finalmente perdió la consciencia. Esperé en la habitación que habían reservado para ella. Aún tenía su teléfono y lo puse en su bolso. Llamé a mi mamá con el teléfono del hospital. Eran las cuatro de la mañana. Le dije que estaba bien, pero que Veronica no lo estaba. Ella me insultó y me dijo que vendría, pero le respondí que no me iría hasta que Veronica saliera de cirugía. Dijo que vendría de todas formas.


Mi mamá y yo no hablamos mucho. Le pedí disculpas por haber mentido, y ella me dijo que conversaríamos después. Creo que si hubiéramos hablado más en esa habitación... si solo le hubiera contado de Cajas o de la noche con la balsa; si ella me hubiera compartido lo que sabía... creo que las cosas habrían cambiado. Pero nos sentamos en silencio. Me dijo que me amaba, y que podía llamarla siempre que necesitara ayuda.


Antes de que mi mamá se fuera, los papás de Veronica entraron corriendo. Su papá y mi mamá intercambiaron unas cuantas palabras, que escaló a una discusión. La mamá de Veronica habló con la persona en la recepción. Su mamá era una enfermera, pero no trabajaba en ese hospital. Estoy seguro de que había querido transferir a Veronica, pero su condición era prohibitiva. 


Mientras esperábamos, la policía llegó y hablaron con todos nosotros. Les dije lo que pasó, tomaron algunas notas, y se fueron.


Veronica salió de la cirugía con el noventa por ciento de su cuerpo cubierto en yeso blanco y grueso. Su brazo derecho estaba libre, y el resto de su cuerpo había sido revestido como un capullo. Aún estaba bajo el efecto de la anestesia, pero recuerdo que me sentía como me sentí antes de kínder. Le pregunté a la enfermera si tenía un marcador, solo que no pude pensar en nada que pudiera escribirle. Me dormí en una silla en la esquina, y me fui a casa el día siguiente.


Regresé todas las tardes por muchos días. En un punto, habían movido a otro paciente a su habitación, y colocaron un biombo plástico que actuó como pantalla separadora. Aunque Veronica no parecía sentirse mejor, tenía más momentos de lucidez. Pero, aun durante estos periodos, no hablábamos realmente. El choque le había quebrado la mandíbula, así que los doctores se la habían sellado. Me sentaba con ella por un tiempo, pero no había mucho que podía decir. Me levanté y caminé hacia ella. La besé en la frente, y ella me susurró algo a través de sus dientes cerrados.


—Josh...


Eso me sorprendió un poco, pero la observé y le pregunté:


—¿No te ha venido a ver?


—No...


Descubrí que eso me irritó sobremanera. Incluso si Josh se había estado metiendo en problemas, debería venir a ver a su hermana.


Estaba a punto de expresar esto, cuando ella dijo:


—No... Josh huyó. Te debí haber dicho.


Sentí a mi sangre convertirse en hielo.


—¿Cuándo? ¿Cuándo pasó esto?


—Cuando tenía trece.


—Pero... ¿dejó una nota, o algo?


—En su almohada.


Ella comenzó a llorar, y yo imité su gesto, pero ahora creo que estábamos llorando por razones diferentes, incluso si no lo sabía. En ese punto, había muchas cosas que no recordaba de mi infancia, y había muchas conexiones que no había hecho. Le dije que me tenía que ir, pero que le escribiría la próxima vez.


Recibí un mensaje de ella al día siguiente diciéndome que no regresara. Le pregunté por qué, y me dijo que ya no quería que la viera en esa condición. Respeté sus deseos a regañadientes. Nos mandábamos mensajes todos los días, pero le escondí esto a mi mamá porque sabía que ella no quería que hablara con Veronica. Usualmente, sus mensajes no eran muy largos, y en su mayoría eran una respuesta a los mensajes extensos que le enviaba.


Traté de llamarla una vez. Sabía que no tenía permitido hablar, pero tenía la esperanza de poder escuchar su voz. Contestó la llamada; no dijo nada, pero pude escuchar cuán trabajosa era su respiración.


Una semana después de que me dijera que no regresara, me mandó un mensaje que simplemente decía «Te amo».


Me llené de tantas emociones diferentes, pero respondí expresando la más prevalente.


«Yo también te amo».


Ella me dijo que quería estar conmigo, y que no podía esperar al momento en el que pudiera verme de nuevo. Me dijo que había sido dada de alta del hospital y que continuaría sus cuidados en casa.


Estos intercambios se alargaron por varias semanas. En un punto, le había empezado a insistir con que nos viéramos, y me dijo que la semana siguiente pensaba que podría asistir a la película de la medianoche. No podía creerlo, pero prometió que lo intentaría. Recibí un mensaje de ella la tarde de ese día, «Te veré esta noche».


Hice que Ryan me condujera, dado que los padres de Chris habían descubierto lo que pasó y dijeron que ya no era bienvenido en su casa. Le expliqué a Ryan que posiblemente estaría en muy mal estado, pero que realmente la quería, y él me dijo que nos daría espacio. Condujimos hacia allí.


Veronica no se presentó. Le había reservado un asiento junto a mí cerca de la salida, para que pudiera entrar y salir con facilidad, pero a los diez minutos de la película, un hombre se sentó en la silla.


—Disculpa —murmuré—. Este asiento está reservado.


No me hizo caso, naturalmente. Solo observó la pantalla. Recuerdo haberme querido mover porque algo estaba mal con la forma en la que respiraba.


Me rendí al entender que ella no vendría. Le mandé un mensaje al día siguiente preguntándole si se encontraba bien, y por qué no se había presentado. Me respondió con lo que sería el último mensaje que recibí de ella.


«Nos veremos de nuevo. Pronto».


Estaba delirante, y me preocupé por ella. Le envié muchas respuestas recordándole sobre la película y diciendo no era para tanto, pero me dejó de responder. Me sentí cada vez más triste con el pasar de los días. No podía comunicarme con ella porque no sabía el número de su casa, y no estaba seguro de en dónde vivían. Mi humor se tornó aún más deprimido, y mi madre, quien había sido muy amable últimamente, me preguntó si estaba bien. Le dije que no había sabido nada de Veronica en días, y sentí a toda la calidez abandonar su semblante.


—¿A qué te refieres?


—Se suponía que nos íbamos a ver en el teatro ayer. Sé que aún no se ha terminado de recuperar, pero me dijo que trataría de llegar, y luego de eso me dejó de hablar del todo. Me debe odiar.

Mi mamá se veía confundida, y podía leer el escepticismo en su rostro. Cuando me tomó en serio, sus ojos comenzaron a lagrimar y me jaló hacia ella, acogiéndome. Estaba sollozando, pero se sintió como una reacción demasiado intensa para mi problema, y no había ninguna razón para pensar que ella tenía aprecio alguno por Veronica. Respiró un aliento tremuloso y luego dijo algo que aún me provoca náuseas, incluso ahora.


—Veronica está muerta, cariño. Oh, Dios. Pensé que que lo sabías. Murió el último día que la visitaste. Cariño, ha estado muerta por semanas.


Ella se había desmoronado por completo, pero yo sabía que no era por Veronica.


Me salí de su agarre y tambaleé hacia atrás. Mi mente se había inundado. No era posible. Hace solo unos días había estado mensajeando con ella. La única pregunta que pensé en hacer, fue probablemente la más trivial que podía hacer:


—¿Entonces por qué seguía disponible su número?


Mi mamá siguió sollozando. No me contestó.


Exploté:


—¡¿ENTONCES POR QUÉ SE HAN TARDADO TANTO EN DESACTIVAR SU PUTO NÚMERO?!


Llegué a descubrir más adelante que los padres de Veronica pensaron que su teléfono se había perdido en el accidente, a pesar de que yo lo dejé en su bolso la noche que fue llevada al hospital. Cuando recibieron sus pertenencias, el teléfono no estaba entre ellas.


La compañía telefónica los contactó eventualmente, ya que tenían un pago pendiente significativo por el envío de cientos de fotografías desde el teléfono de Veronica. Fotografías. Fotografías que fueron enviadas a mi teléfono. Fotografías que nunca recibí porque mi teléfono no las permitía.


Descubrieron que todas fueron enviadas a mi celular la noche que murió. Desactivaron el número de inmediato. Traté de no pensar en el contenido de esas fotografías, pero recuerdo haberme preguntado, por alguna razón, si yo había estado en alguna de ellas.


Mi boca se secó y sentí la punzada dolorosa de la desesperación a medida que recordé el último mensaje que había recibido de su celular...


«Nos veremos de nuevo. Pronto».

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La mayoría de las ciudades viejas y sus vecindarios no fueron diseñadas con la mentalidad de que la población comenzaría a crecer de manera exponencial y que tendría que ser acomodada. Generalmente, la construcción de las carreteras responde a la necesidad de conectar puntos de importancia económica, delineándose con base en las restricciones geográficas. 


Una vez que las carreteras conectoras han sido establecidas, los negocios nuevos y más carreteras son posicionados estratégicamente a lo largo del asfalto, solo dando cabida a modificaciones, adiciones y alteraciones menores, pero nunca a ningún cambio dramático.


Entonces el vecindario de mi infancia tuvo que haber sido viejo. Las primeras casas que se construyeron debieron haber sido colocadas alrededor del lago, y el área habitable se incrementó gradualmente a medida que se crearon extensiones nuevas sobre el camino original; pero todas estas extensiones terminaban abruptamente en un punto o en otro —solo había una entrada/salida para todo el vecindario—. Muchas de las nuevas extensiones estaban limitadas por un afluente que se alimentaba del lago, y que pasaba justo al lado de lo que llegué a nombrar «la fosa». Gran parte de las casas originales tenían patios inmensos, pero algunos de esos terrenos originales fueron divididos, dejando atrás propiedades con límites más y más pequeños. Una vista aérea de mi vecindario daría la impresión de que un calamar gigante murió en el bosque, y un empresario aventurero encontró su cadáver y pavimentó carreteras a lo largo de sus tentáculos, solo para retirar su involucramiento y dejar que el tiempo, codicia y desesperación se encargaran de dividir la tierra entre los dueños de casas prospectivos, como un intento embarazoso de la proporción áurea.


Desde mi pórtico podía ver las casas viejas que rodeaban el lago, pero la casa de doña Maggie era mi favorita. Ella tenía, según recuerdo, cerca de ochenta años de edad, pero a pesar de eso era una de las personas más amistosas que he conocido. Tenía una melena de rizos blancos y siempre vestía con vestidos claros de patrones florales. Nos hablaba a Josh y a mí desde su pórtico trasero cuando estábamos nadando en el lago, y siempre nos invitada a comer bocadillos. Decía que se sentía sola porque su esposo Tom estaba fuera por negocios, pero Josh y yo siempre rechazábamos su invitación, pues por más amable que doña Maggie fuera, había algo raro en ella.


De vez en cuando, mientras nadábamos, nos decía: «Chris, John, ¡son bienvenidos aquí en cualquier momento!». También podíamos oírla diciéndonos lo mismo cuando caminábamos de regreso a mi casa.


Doña Maggie, como muchos de los dueños de casa más antiguos, tenía un sistema de irrigación que funcionaba mecánicamente, pero, en algún punto con el transcurso de los años, su temporizador se debió haber roto. Sus regaderas se encendían en varias ocasiones durante el día, y a veces incluso durante la noche —todo el año—. Aunque nunca hacía tanto frío como para que nevara mucho en invierno, en numerosas instancias salía por la mañana para ver el patio frontal de doña Maggie transformado en un paraíso ártico surrealista por el agua congelada. Todos los demás patios se mantenían esterilizados y secos por la escarcha cortante del frío del invierno, pero ahí —en medio del recordatorio deprimente de la brutalidad de la temporada— había un oasis de hielo hermoso colgando como estalactitas de cada rama de cada árbol, y de cada hoja de cada arbusto. Conforme el sol se alzaba, era reflejado y las piezas de hielo desglosaban sus rayos en un arcoiris que solo podía ser observado brevemente antes de que te cegara. Incluso a esa edad, estaba maravillado por lo bello que era, y Josh y yo íbamos ahí con frecuencia para caminar en la grama con hielo, y entablábamos peleas de espada con los carámbanos.


Un día, le pregunté a mi mamá por qué doña Maggie lo dejaba así. Mi mamá pareció haberse debatido la explicación, antes de decir:


«Bueno, cariño, doña Maggie se enferma mucho, y a veces, cuando se pone muy enferma, se confunde. Es por eso que cambia tu nombre y el Josh. No es su intención, pero hay momentos en los que simplemente no los puede recordar. Vive en esa casa a solas, así que está bien si quieres hablar con ella cuando nades en el lago. Pero cuando te invite adentro, debes seguir diciendo “no”. Sé cortés; no vas a herir sus sentimientos».


«Pero se sentirá menos sola cuando su esposo vuelva a casa, ¿verdad? ¿Por cuánto tiempo estará en sus viajes de negocios? Parece que nunca está acá».


Mi mamá se vio un tanto agitada y pude notar que estaba muy triste. Finalmente, contestó:


«Cariño… Tom no volverá a casa. Tom está en el Cielo. Murió hace muchos, muchos años, pero doña Maggie no lo recuerda. Se confunde y lo olvida, pero Tom no volverá a casa. Si alguien se mudara con ella, podría llegar a creer que es Tom; pero él se ha ido».


Tenía cinco años cuando me dijo eso, y por un tiempo no lo entendí del todo. Me sentía profundamente triste por doña Maggie.


Ahora sé que doña Maggie tenía Alzheimer. Ella y su esposo tuvieron dos hijos: Chris y John. Los dos trazaron un plan de pagos con las compañías de utilidades y se encargaban del agua y electricidad de doña Maggie, pero nunca la visitaban. No sé si algo pasó entre ellos, o si fue por la enfermedad, o si solo vivían muy lejos, pero nunca venían. No tengo idea de cuál era su apariencia, pero había momentos cuando doña Maggie debió de pensar que Josh y yo lucíamos como ellos dos cuando eran niños. O quizá veía lo que algunas partes de su mente estaban tan desesperadas por ver, ignorando las imágenes transmitidas por su nervio óptico y mostrando, solo un momento, lo que solía ser. Es hasta ahora que me doy cuenta de lo solitaria que se debió sentir.


Durante el verano después de kínder, antes de los eventos de «Globos», Josh y yo nos habíamos dado a la tarea de explorar el bosque cerca de mi casa, al igual que el afluente del lago. Sabíamos que los bosques entre nuestras casas estaban conectados, y pensamos que sería genial si el lago cerca de mi casa estaba conectado de alguna forma al arroyo en torno a la suya. Así que nos propusimos descubrirlo.


Íbamos a hacer mapas.


El plan era hacer dos mapas separados y luego combinarlos. Haríamos un mapa explorando el área cerca del arroyo, y haríamos otro siguiendo el flujo del lago. Por las primeras semanas, salió muy bien. Caminábamos por los bosques, a un lado del agua, y nos deteníamos cada tantos minutos para ampliar el mapa, y parecía que ambos mapas se entrelazarían cualquier día. No teníamos las herramientas necesarias para el trabajo —ni siquiera un compás—, pero tratábamos de improvisar. Tuvimos la idea de empalar la tierra con una rama cuando llegáramos al final de una aventura.


Puede que hayamos sido los peores cartógrafos del mundo. Sin embargo, el bosque se hizo muy espeso eventualmente a un lado del agua que provenía del lago, y fuimos incapaces de proseguir. Perdimos el interés en nuestro proyecto por un tiempo, y redujimos nuestras exploraciones significativamente —aunque no por completo— cuando empezamos a vender granizados.

Después de que le enseñé a mi mamá las fotografías que había traído de la escuela, y ella me quitó la máquina de granizados, nuestro interés en los mapas se revitalizó. Habíamos ingeniado un nuevo plan. Pese a que no entendía por qué, mi mamá me había impuesto lo que yo consideré que eran restricciones demasiado severas en cuanto a lo que podía hacer y adónde podía ir, y ella me vigilaba con frecuencia si iba afuera a jugar con Josh. Esto significaba que no podíamos quedarnos en el bosque por horas para poder encontrar un nuevo camino. Pensamos que sencillamente podíamos nadar cuando llegáramos al límite en el bosque, pero eso no podría funcionar porque el mapa se mojaría.


Entonces tuvimos una idea brillante. Crearíamos una balsa.


Debido a la construcción en el vecindario, había una cantidad enorme de material de construcción chatarra que la compañía dejaba en la fosa para mantenerla afuera de las carreteras y alejada del sitio de construcción, pues ya no la necesitaban. Originalmente, conceptualizamos un barco formidable, completado con un mástil y un ancla, pero esto fue disminuido rápidamente a algo más manejable. Tomamos varias piezas largas de espuma plástica que reforzamos con tabla de espuma, y las atamos con cuerda e hilo de cometa.


La balsa funcionó muy bien, y aunque ambos actuábamos y hablábamos como si la funcionalidad de la balsa hubiera sido un hecho, sé que al menos yo estaba sorprendido. Los dos teníamos ramas bastante grandes que utilizábamos como remos, pero encontramos más fácil empujarnos contra la tierra debajo del agua que usarlas como se suponía. Cuando el agua se hizo demasiado profunda, simplemente nos acostamos sobre nuestros estómagos y usamos nuestras manos para remar, lo cual también funcionaba —pero no igual de bien—.


La primera vez que tuvimos que recurrir a ese método de propulsión, recuerdo haber pensado que, desde el cielo, se debió de haber visto como si un hombre colosalmente gordo de brazos diminutos salió a nadar.


Nos tomó varios viajes para lograr que la balsa llegara a la porción intransitable del bosque. 


Navegábamos por un rato y luego atracábamos la balsa. La próxima vez, corríamos por el bosque para llegar a la balsa y viajábamos un poco más.


Continuamos esto bien entrado mi primer grado de escuela primaria. Josh y yo fuimos asignados a Grupos diferentes ese año, así que, como no nos veíamos durante el día escolar, nuestros padres estaban más dispuestos a dejarnos jugar todos los fines de semana de cada semana. Lo que es más, el papá de Josh había aceptado un trabajo de construcción extenso que requería trabajar los fines de semana, y su madre estaba de turno en el hospital. Para Josh, esto significaba que se quedaba en mi casa la mayor parte del fin de semana, semana tras semana.


Hicimos un progreso excelente, pero cuando finalmente llegamos al impasse y tuvimos la oportunidad de explorar más allá de él, no pudimos encontrar un lugar para atracar la balsa. El bosque era demasiado espeso, y el agua había erosionado la tierra al punto en que había un aumento del terreno bajo el afluente, exponiendo las raíces húmedas y retorcidas de los árboles. Teníamos que regresar cada vez y acabar dejando la balsa en la misma condensación de árboles que nos motivó a construirla en primer lugar. Y lo que era aún peor, el invierno había llegado, así que no podíamos justificar el salir de la casa en nuestros trajes de baño. No estábamos llegando a nada; siempre teníamos que volver antes de expandir nuestro terreno.


En un sábado, cerca de las siete de la noche, Josh y yo estábamos jugando cuando una de las compañeras de trabajo de mi mamá llamó a nuestra puerta. Su nombre era Samantha, y la recuerdo bien porque le propuse matrimonio un par de años después cuando acompañé a mi mamá al trabajo.


Mi mamá dijo que tenía que ir al trabajo para reparar un problema que había surgido, y que volvería en alrededor de dos horas. Su auto estaba siendo reparado, por lo que tendría que viajar con Samantha. Dijo que no podía salir de la casa bajo ninguna circunstancia ni abrirle la puerta a nadie, y estaba a la mitad de explicarme que llamaría cada hora, pero terminó ese comentario prematuramente cuando recordó que nuestro teléfono había sido desactivado por pagos atrasados —razón por la cual Samantha había llegado sin avisar—. Me clavó la mirada en tanto cerraba la puerta, y dijo: «Quédate aquí».


Esta era nuestra oportunidad.


Las observamos conducir por el camino serpentino hacia la salida, y tan pronto como su auto rotó en la última intersección visible, corrimos a mi habitación. Saqué mi mochila mientras Josh agarraba el mapa.


—Oye, ¿tienes una linterna? —inquirió Josh.


—No, pero vamos a volver antes de que oscurezca.


—Estaba pensando que deberíamos tener una, solo por si acaso.


—Mi mamá tiene una, pero no sé en dónde la guarda… ¡Espera!


Corrí a mi clóset y bajé una caja del estante superior.


—¿Tienes una linterna ahí?


—No exactamente…


Abrí la caja y revelé tres candelas romanas que había tomado de entre las que mi mamá amasó para el Día de la Independencia del verano pasado. Junto con un encendedor que me las había ingeniado para quitarle unos meses atrás, podría asegurar que al menos tuviéramos algo de luz si la necesitábamos. Esto ocurrió unas semanas antes de que se me diera la oportunidad para temerle al bosque, así que no fue el miedo lo que motivó nuestra búsqueda de una fuente de luz, solo el realismo. Lo tiramos todo en la mochila y escapamos por la puerta trasera, cerciorándonos de haber cerrado para que Cajas no se fuera a salir. Teníamos una hora y cincuenta minutos.


Corrimos por el bosque tan rápido como pudimos y llegamos a la balsa en unos quince minutos. Teníamos nuestros trajes de baño debajo de nuestra ropa, así que nos quitamos las camisas y nuestros pantalones cortos, y los dejamos en dos bultos separados cerca de la orilla del agua. Desatamos nuestra balsa del árbol, agarramos nuestras ramas-remos y zarpamos.

Tratamos de movernos rápidamente para llegar a un punto más allá del contenido de nuestro mapa en expansión continua, pues no teníamos tiempo que perder con vistas antiguas. Después de que pasamos el último lugar registrado en el mapa, el agua se hizo más y más honda. Estaba oscureciendo, volviéndose más difícil el distinguir un árbol del otro, y ambos nos estábamos sintiendo un poco nerviosos. Remábamos velozmente con la intención de ahorrar tiempo, pero esto generaba mucho ruido conforme nuestros remos disolvían la tensión de la superficie del agua. En el trasfondo, podíamos oír el crujido de hojas muertas y el quiebre de ramas caídas por la arboleda de nuestra derecha. No sabíamos qué tipo de animales residían en la profundidad de este bosque, pero estábamos seguros de que no queríamos descubrirlo.


Mientras Josh corregía el mapa que yo estaba iluminando con el encendedor, fuimos confrontados por el hecho de que los sonidos no eran espontáneos. Rápida y rítmicamente, escuchamos:


Crunch


Snap


Crunch


Parecía estarse distanciando de nosotros ligeramente, insertándose en la espesura más allá de nuestro mapa. Se había vuelto demasiado oscuro como para que viéramos. Había juzgado mal por cuánto tiempo persistiría el sol.


Nerviosamente, llamé:


—¿Hola?


Hubo un momento breve de ansiedad asfixiante en tanto permanecíamos estáticos sobre el agua. 

El silencio fue roto súbitamente por una risa.


—«¿Hola?» —se mofó Josh.


—¿Y qué?


—Hola, Señor Monstruo-en-el-bosque, sé que se está escondiendo, pero quizá quiere contestar mi «hola»? ¡Holaaaaaa!


Me di cuenta de lo estúpido que había sido eso. Fuera lo que fuera, no iba a responder. Ni siquiera me di cuenta de que lo había dicho hasta después de hacerlo.


Josh continuó: «Holaaaaaa», con un falsete agudo.


—Holaaaa —lo contrarresté con el barítono más profundo que pude lograr.


—¡Hola compa!


—Ho-la. Bip Bup.


—HooOOOLLLAAAaa.


Continuamos burlándonos del otro, y estábamos en el proceso de hacer girar la balsa para regresar, cuando lo escuchamos:


«Hola».


Fue susurrado y forzado como si hubiese sido accionado por el último aliento de un par de pulmones desinflándose, pero no sonó aquejado. Había venido del lugar justo más allá del mapa, el cual ahora se ubicaba detrás de nosotros dado que habíamos girado la balsa. Lentamente, me volteé en dirección del sonido mientras buscaba a tientas las candelas romanas. Quería ver.


—¿Qué estás haciendo? —siseó Josh.


Pero ya la había encendido. Cuando la mecha chispeante se hundió en la envoltura, la sostuve hacia el cielo. En realidad, nunca había usado una de estas, y pensé que tendría un talento cinematográfico para ello. Un orbe verde y brillante se disparó a las estrellas y se extinguió velozmente. Reajusté mi brazo hacia el horizonte. Podía recordar que tenía varios colores, pero no sabía cuántas veces podía disparar una de estas hasta que se hubiera agotado. Una bola de luz roja salió despedida y crepitó por los árboles, pero no vi nada aún.


—¡Solo vámonos! —me presionó Josh, girándose para encarar la dirección a casa, y empezó a remar con agitación.


—Una más...


Bajando el brazo directamente hacia el bosque frente a mí, otra bola roja fue lanzada del tubo. Viajó en línea recta hasta que colisionó con un árbol, explotando la luz brevemente en un diámetro mucho mayor.


Aún nada.


Dejé caer la candela en el lago y observé a una última bola de fuego penetrar el agua, solo para morir rápidamente, sofocada. Una vez que comenzamos a remar en dirección a mi casa, escuchamos un crujido sonoro en el bosque y para nada disimulado. La ruptura de ramas y el pisoteo de hojas sobrecogían el ruido de nuestro salpiqueo.


Estaba corriendo.


Bajo nuestro pánico, empujamos la balsa con demasiada violencia y sentí a una de las cuerdas bajo mi pecho aflojarse.


—Josh, ¡ten cuidado!


Pero era muy tarde. Nuestra balsa se estaba rompiendo. Dentro de poco, se había venido abajo por completo. Los dos nos aferramos a un pedazo de espuma plástica, pero las piezas no eran lo suficientemente grandes como para mantenernos a flote, y nuestras piernas colgaban por debajo de nosotros en el agua de invierno.


—¡Josh! ¡Rápido! —grité señalando al mapa a su lado.


Forcejeó, pero estaba muy helado como para movernos con libertad, y ambos observamos al mapa conforme se alejaba flotando.


—Te… Tengo f… frío —tartamudeó Josh, afligido—. Hay que sssalir del a…. agua.


Nos acercamos a la orilla escuchando el crujido frenético atronando hacia nosotros desde el bosque de arriba. Incesantes, pateamos con nuestras piernas y pudimos alcanzar el muelle de nuestra balsa. Nos quitamos los trajes de baño y estábamos desesperados por meternos en ropa seca que nos escudara del frío cortante en el aire. Me puse mis shorts, pero algo andaba mal. Me giré hacia Josh:


—Oye, ¿en dónde está mi camisa?


Se encogió de hombros y sugirió:


—¿Quizá el viento la tiró al agua y flotó en el lago?


Le dije a Josh que volviera a casa, y que dijera que estábamos jugando a las escondidas si mi mamá estaba en casa. Tenía que encontrar mi camisa.


Corrí detrás de las casas y me asomé por el agua, inspeccionando la costa. Se me ocurrió que, con algo de suerte, tal vez podría encontrar el mapa también. Me estaba movilizando bastante rápido porque necesitaba llegar a casa, y estaba a punto de rendirme cuando mi concentración fue interrumpida por un sonido que vino desde atrás.


—Hola.


Me di la vuelta. Era doña Maggie. Nunca la había visto por la noche antes, y bajo esa luz pobre se veía excesivamente frágil. La calidez usual que envolvía su actitud parecía haberse apagado con la brisa. No podía recordar haberla visto alguna vez sin una sonrisa, así que su rostro se veía extraño.


—Hola, doña Maggie.


—Ah, ¡hola, Chris! —La calidez y sonrisa retornaron, incluso si sus recuerdos no hicieron lo mismo—. No podía ver que eras tú en la oscuridad de ahí.


Bromeando, le pregunté si me iba a invitar a comer un bocadillo, pero dijo que quizá en otra ocasión. Estaba muy ocupado buscando mis cosas como para prestarle atención realmente, pero sonaba feliz, así que no me sentí mal. Dijo otro par de cosas más, pero tenía prisa. Le dije buenas noches y corrí por su acera hacia mi casa. La podía escuchar detrás de mí caminando por su jardín congelado.


Llegué unos minutos antes que mi mamá. Y para cuando ella llegó, Josh y yo ya nos habíamos cambiado de ropa y calentado. Nos habíamos salido con la nuestra, a pesar de que habíamos perdido el mapa.


—¿La pudiste encontrar?


—Nah, pero vi a doña Maggie. Me llamó Chris de nuevo. Te lo digo, solo alégrate de que nunca la has visto de noche.


Ambos nos reímos y él me preguntó si me había invitado a comer bocadillos, bromeando con que debían ser terribles porque ni siquiera lograba regalarlos. Le dije que no lo había hecho, y él estaba sorprendido. Ahora que tenía el tiempo para pensarlo, yo también lo estaba. Cada vez que la veíamos nos ofrecía bocadillos, y ahí estuve, habiéndome invitado solo —aunque sarcásticamente— y me dijo que no.


Mientras Josh seguía hablando de doña Maggie, noté de pronto que el encendedor aún podría estar en mi bolsillo, y sería desastroso si mi mamá lo encontraba. Agarré mis shorts del suelo y palpé mis bolsillos. Sentí algo, pero no era el encendedor. Desde mi bolsillo trasero, saqué un pedazo de papel doblado, y mi corazón dio un vuelco. «¿El mapa? —pensé—. Pero lo vi irse flotando».


Dibujado en el papel, dentro de un óvalo grande, estaban dos figuras de palitos tomados de las manos. Uno era mucho más grande que el otro, pero ninguno tenía rostro. El papel estaba roto, así que faltaba una parte, y había un número escrito cerca de la esquina superior derecha. Era un número quince o un dieciséis. Nerviosamente, le entregué a Josh el papel y le pregunté si él lo había puesto en mi bolsillo en algún punto, pero se burló de la idea y me preguntó por qué estaba tan preocupado. Apunté a la figura de palitos más pequeña y a lo que estaba escrito a su lado.


Eran mis iniciales.


Le conté a Josh el resto de la conversación entre doña Maggie y yo. Siempre había atribuído el intercambio extraño a su enfermedad, hasta revisitar los eventos en mi mente todos estos años después. A medida que lo analizo ahora, regresa el sentimiento de tristeza profunda evocado por doña Maggie, pero es magnificado por una sensación amenazadora de desesperanza cuando reflexiono acerca de lo que trató de decir con «quizá en otra ocasión».


Sabía lo que había dicho, pero no comprendí lo que significaba. Ni comprendí lo que sus palabras significaban semanas después, cuando observé a hombres con trajes anticontaminantes anaranjados cargando lo que pensé que eran bolsas negras de basura desde su casa. Aún no lo comprendí cuando clausuraron la casa y la cercaron poco antes de que nos mudáramos.

Pero ahora lo entiendo. Entiendo por qué sus últimas palabras fueron tan importantes incluso si ni yo ni ella nos dimos cuenta en aquel momento.


Esa noche, doña Maggie me dijo que Tom, su esposo, había vuelto a casa; pero ahora sé quién se mudó ahí realmente. Al igual que sé por qué nunca vi el cuerpo de doña Maggie siendo trasladado en una camilla.


Las bolsas no estaban llenas de basura

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No fue hasta que recordé «Globos» y hablé con mi madre, que me di cuenta de cuán interconectada está la siguiente historia con todo lo demás, pero originalmente no tenía planeado compartirla. Lo que viene es una remembranza tan exacta como pude lograr.


Pasé el verano previo a mi primer año en preescolar aprendiendo a escalar árboles. Hubo un árbol de pino en particular, justo afuera de mi casa, que casi parecía haber sido diseñado para mí. Tenía ramas tan bajas que podía agarrarlas fácilmente sin un empujón, y durante los primeros dos días después de que aprendí a escalarlo, me sentaba en la rama más baja meciendo mis pies. El árbol se encontraba afuera de nuestra valla trasera y podía ser vista desde la ventana de la cocina que estaba encima del fregadero. Dentro de poco, mi mamá y yo creamos una rutina en la que yo iba a jugar en el árbol mientras ella lavaba los platos.


A medida que el verano transcurrió, mis habilidades aumentaron y, de un momento a otro, estaba escalando bastante alto. En tanto el árbol crecía, sus ramas no solo se hacían más delgadas, sino que se extendían a lo ancho, así que eventualmente llegó un punto en el que ya no podía escalar más alto y el juego tuvo que cambiar. Empecé a concentrarme en velocidad, y para el final podía alcanzar mi rama más alta en veinticinco segundos. Mi seguridad creció. Una tarde, traté de pararme en una rama antes de que hubiera agarrado firmemente la nueva. Caí desde más de cinco metros y me quebré mi brazo en dos partes. Mi mamá estaba corriendo hacia mí, gritando, y recuerdo que ella sonaba como si estuviera por debajo del agua. No puedo precisar qué fue lo que dijo, pero recuerdo haber estado absorto por lo blanco que mi hueso era.


Iba a comenzar el kínder con un yeso y ni siquiera tendría amigos que lo firmaran. Mi mamá se debió de haber sentido terrible porque, un día antes de que comenzaran mis clases, me había traído un gatito. Era solo un bebé y tenía rayas blancas y cafés. Tan pronto como lo puso en el suelo, se arrastró hacia una lata de soda vacía. Lo nombré Cajas.


Cajas solo era un gato de exteriores cuando se escapaba. Mi mamá le había quitado las garras para que no pudiera destruir los muebles, así que hicimos nuestro mejor esfuerzo por mantenerlo adentro. Se escapaba de vez en cuando, y lo encontrábamos en algún lado del patio persiguiendo un tipo de insecto o lagarto, aunque difícilmente podía atrapar alguno dado que no tenía sus garras delanteras. A pesar de que era bastante evasivo, siempre lo agarrábamos y lo llevábamos adentro. Se revolvía para ver por encima de mi hombro; yo le decía a mi mamá que hacía eso porque estaba planeando su estrategia para la próxima vez. Una vez adentro, le dábamos algo de atún, y él llegó a aprender lo que el sonido del abrelatas podría señalizar —venía corriendo siempre que lo escuchaba—.


Este condicionamiento se hizo útil más adelante. Para el final de nuestro tiempo en esa casa, Cajas se salía con mucha más frecuencia y corría debajo de la casa a un subsuelo al que ninguno de los dos queríamos seguirlo, puesto que era estrecho y probablemente estaba infestado de insectos y roedores. Ingeniosamente, mi mamá pensó en enganchar el abrelatas a un cable conector y lo deslizaba por el agujero al que Cajas se había metido. Después de un tiempo, emergía con sus maullidos ruidosos rastreando el sonido, y luego estaba horrorizado por cómo le habíamos jugado una trampa cruel —un abrelatas sin atún no tenía sentido para Cajas—.


La última vez que escapó debajo de la casa, fue de hecho nuestro último día en ella. Mi mamá había puesto la casa en el mercado y habíamos comenzado a empacar nuestras cosas. No teníamos mucho, y habíamos alargado el empaquetado por un tiempo, aunque yo ya había guardado toda mi ropa a petición de mi mamá —ella se daba cuenta de que yo estaba realmente triste por tener que mudarnos, y quería que la transición fuera de lo más fluida para mí, y supongo que tener mi ropa en cajas iba a reforzar la idea de que nos estábamos mudando—.


Cuando Cajas se salió mientras subíamos algunas cosas en el camión de mudanza, mi mamá maldijo porque ya había empacado el abrelatas y no estaba segura de dónde lo colocó. Pretendí que fui a buscarlo para que no tuviera que ir debajo de la casa, y mi mamá —seguramente al tanto de mi pequeño timo— movió el tablero y se arrastró hacia el subsuelo. Regresó con Cajas bastante rápido y parecía estar muy desconcertada, lo cual me hizo sentir mucho mejor por haberlo esquivado.


Mi mamá realizó unas llamadas mientras yo estaba empacando un poco más, y luego entró a mi cuarto y me dijo que había hablado con el agente de bienes raíces, y que íbamos a empezar a mudarnos a la otra casa ese día. Ella dijo que eran noticias excelentes, pero yo había pensado que tendríamos más tiempo en la casa —en un principio, me había dicho que no nos mudaríamos hasta el final de esa semana, y apenas era miércoles—. Lo que es más, aún había unas cuantas cosas que no habíamos empacado, pero mi mamá dijo que a veces era más fácil reemplazar ciertas posesiones que acarrearlas por toda la ciudad. Ni siquiera me dio tiempo de subir el resto de mis cajas de ropa. Nos fuimos en el camión de mudanza.


Me las arreglé para mantener contacto con Josh por muchos años, lo cual fue sorprendente pues ya no asistíamos a la misma escuela. Nuestros padres no eran amigos cercanos, pero sabían que nosotros sí lo éramos, así que acomodaron nuestro deseo de vernos al llevarnos de ida y vuelta para fiestas de pijamas —a veces todos los fines de semana—. Para Navidad, nuestros padres incluso combinaron su dinero y nos compraron unos walkie-talkies muy buenos que habían sido publicitados con la capacidad de funcionar en un rango que se extendía más allá de la distancia entre nuestras casas. También tenían baterías que podían durar por días si el walkie-talkie estaba encendido pero fuera de uso. No siempre funcionaban lo suficientemente bien como para hablar a través de la ciudad, pero cuando nos quedábamos a dormir, los usábamos alrededor de la casa hablando en jerga de radio burlesca que habíamos captado de las películas. Gracias a nuestros padres, aún éramos amigos a la edad de diez años.


Un fin de semana, me estaba quedando en la casa de Josh y mi mamá me había llamado para decir buenas noches. Ella aún era muy vigilante, incluso cuando no podía vigilarme. Pero me había acostumbrado tanto que ni siquiera lo notaba, incluso si Josh lo hacía.


Mi mamá sonaba triste. Cajas había desaparecido.


Esto tuvo que haber sido un sábado por la noche, porque había pasado la noche anterior en la casa de Josh e iba a irme a casa el día siguiente. Cajas había desaparecido desde la tarde del viernes —di por sentado que ella no lo había visto desde que salió de casa para venir a dejarme—. Debió haber decidido que me contaría porque si Cajas no había regresado para cuando yo volviera a casa, me sentiría devastado no solo de su ausencia, sino de que mi mamá me lo hubiera ocultado. Me dijo que no me preocupara. «Volverá. ¡Siempre lo hace!».


Pero Cajas no volvió. Tres fines de semana después, me quedé con Josh de nuevo. Aún estaba triste por Cajas, pero mi mamá me dijo que había habido muchas ocasiones en las que las mascotas desaparecen del hogar por semanas e incluso meses, solo para regresar por su propia cuenta. Me había dicho que siempre saben en dónde está su hogar, y que siempre tratarían de regresar. Le estaba explicando esto a Josh cuando un pensamiento me golpeó con tanta fuerza que interrumpí mi propia oración para decirlo en voz alta:


—¿Qué tal si Cajas pensó en la casa equivocada?


Josh estaba confundido.


—¿Qué? Vive contigo. Él sabe en dónde está su hogar.


—Pero… creció en otro lugar, Josh. Fue criado en mi casa vieja, a unos vecindarios de distancia. Quizá todavía piensa en ese lugar como su casa, al igual que yo.


—Ahhh, lo entiendo. Pues, ¡eso sería genial! ¡Le diré a mi papá mañana, y nos llevará ahí para que podamos dar un vistazo!


—No lo hará, Josh. Mi mamá dijo que no podemos volver a ese lugar porque los dueños nuevos no van a querer ser molestados. Dijo que le advirtió a tu papá y tu mamá de lo mismo.


Josh persistió:


—Bien, entonces vamos a ir a explorar mañana y llegaremos hasta tu casa viej…


—¡No! ¡Si nos ven, tu papá se va a dar cuenta y le dirá a mi mamá! Tenemos que ir ahí nosotros mismos… Tenemos que ir ahí esta noche.


No me tomó mucho para convencer a Josh; era él quien usualmente tenía ideas como esta. Pero nunca nos habíamos escabullido de su casa antes. De hecho, resultó ser increíblemente fácil. La ventana de su cuarto se abría hacia el jardín trasero y una valla de madera con pestillo que no estaba cerrada. Después de dos saltos menores, nos deslizamos en la noche con una linterna y los walkie-talkies en mano.


Había dos maneras para llegar a mi casa vieja desde la casa de Josh. Podíamos caminar por la calle girando en las respectivas intersecciones, o podíamos ir por el bosque, lo cual nos tomaría casi la mitad del tiempo. Nos habría tomado cerca de dos horas caminar por la calle, pero de todas formas sugerí que lo hiciéramos porque no quería que nos perdiéramos. Josh se rehusó y dijo que si éramos vistos, lo podrían reconocer y le dirían a su papá. Amenazó con volver a casa si no tomábamos el atajo, y no queriendo ir por mi propia cuenta, lo acepté.


Josh no sabía acerca de la última noche que había caminado por ese bosque.


El bosque era mucho menos espeluznante con un amigo y una linterna, e íbamos a un buen ritmo. No estaba totalmente seguro de en dónde estábamos, pero Josh pareció lo suficientemente seguro y eso reforzó mi confianza. Pasamos a través de una porción especialmente gruesa de enredaderas, y la cinta de mi walkie-talkie se quedó atrapada en una rama. Josh tenía la linterna, así que estaba luchando para liberar mi walkie, cuando lo escuché decir:


—Oye, ¿quieres ir a nadar?


Miré hacia donde él estaba alumbrando la linterna, aunque cerré mis ojos mientras lo hice, porque ahora sabía en dónde era que estábamos. Me estaba apuntando al flotador de piscina. Era aquí en donde me había despertado en el bosque hace todos esos años. Sentí un bulto en mi garganta y el escozor de lágrimas frescas en mis ojos mientras continuaba riñendo por el walkie. Frustrado, lo jalé con la fuerza suficiente para que la rama se rompiera, y me giré y caminé hacia Josh, quien se había acostado parcialmente en el flotador de piscinacomo quriendo tomar el sol.

A medida que caminé hacia él, trastabillé y casi caigo en un agujero bastante grande que descansaba a la mitad del espacio abierto, pero recuperé mi balance y me detuve justo a su borde. Era profundo. Estaba sorprendido por el tamaño del agujero, pero más sorprendido por el hecho de que no lo recordaba. Me di cuenta de que no debió haber estado ahí aquella noche, porque estaba en el mismo lugar en el que había despertado. Lo saqué de mi mente y me volteé hacia mi amigo.


—¡Deja de perder el tiempo, Josh! ¡Viste que estaba atascado, y tú solo estabas acostándote aquí, jugando con el flotador! —Enfaticé la última oración con una patada a una parte expuesta del flotador. Un chillido se levantó desde él. La sonrisa de Josh se invirtió. Súbitamente, se veía aterrado y estaba forcejeando para salir del flotador, pero no pudo hacerlo de inmediato por la posición jocosa en la que estaba acostado. Cada vez que su peso caía sobre el flotador, el chillido se intensificaba. Quería ayudar a Josh, pero no podía moverme más cerca —mis piernas no cooperaban—. Odiaba ese bosque. Levanté la linterna que él había tirado en medio de su agitación y alumbré el flotador sin saber qué esperar. Finalmente, Josh se levantó y se apresuró a mi lado, viendo hacia donde estaba apuntando la luz. De pronto, ahí estaba. Era una rata. Me empecé a reír nerviosamente, y ambos observamos cómo la rata corrió hacia el bosque, llevándose sus chillidos consigo. Josh me golpeó en el brazo con cuidado —su sonrisa regresaba lentamente a su rostro—, y seguimos caminando.


Aceleramos nuestra marcha y salimos del bosque más rápido de lo que pensamos que lo haríamos. 


Nos encontrábamos en mi antiguo vecindario. La última vez que había atravesado la curva que se aproximaba, había visto mi casa iluminada por completo, y todas las memorias de lo que aconteció me inundaron de nueva cuenta. Mi corazón dio un vuelco a medida que giramos la esquina y estábamos a punto de encarar mi casa a plena vista, recordándome lo incandescente que me encontraba la última vez. Pero ahora las luces estaban apagadas. Desde la distancia, podía ver mi viejo árbol para escalar y, a medida que mi mente delineaba los pasos de causalidad en reversa, me di cuenta de que no habría regresado esa noche si el árbol no hubiese crecido, y estuve maravillado brevemente por cómo todos los eventos tenían esa naturaleza.


Pude ver que el césped lucía terrible. Ni siquiera podía adivinar cuándo había sido podado por última vez. Una de las persianas se había roto parcialmente, y se estaba balanceando de atrás hacia adelante en un estado de desesperación. ¿Por qué le importaría a mi mamá si molestábamos a los dueños nuevos si ellos se interesaban tan poco del lugar en donde vivían?


Y entonces lo comprendí: no había dueños nuevos.


La casa estaba deshabitada, aunque simplemente parecía desamparada. ¿Por qué me mentiría mi mamá con que la casa tenía personas nuevas en ella? Pero pensé que, de hecho, esto era algo bueno. Sería más fácil buscar a Cajas si no nos teníamos que preocupar de ser descubiertos por la familia nueva. Esto lo haría mucho más rápido. Josh interrumpió mis pensamientos a medida que caminábamos a través del portón y dentro de la casa misma.


—¡Tu casa vieja apesta! —gritó tan bajo como pudo.


—¡Cállate, Josh! Incluso así es mejor que tu casa.


—Oye…


—Bien, bien. Creo que Cajas ha de estar debajo de la casa. Uno de nosotros tiene que ir abajo y revisar, pero el otro debería estar a un lado de la entrada en caso de que salga corriendo.


—¿Hablas en serio? De ninguna forma voy a ir ahí abajo. Es tu gato. Hazlo tú.


—Mira, te retaré a ello, a menos que tengas mucho miedo —dije, sosteniendo mi puño sobre mi palma.


—Bien, pero lo haremos cuando diga «ya», no a la cuenta de tres. Es «piedra, papel y tijeras, YA», no «uno, dos, TRES».


—Ya sé cómo jugar el juego, Josh. Tú eres el que siempre la caga. Y es dos de tres.


Perdí. Aflojé el tablero que mi mamá siempre había movido cuando tenía que arrastrarse ahí abajo por Cajas. Solo tuvo que hacerlo un par de veces, puesto que el truco del abrelatas funcionaba por lo general; pero cuando tenía que hacerlo, lo odiaba. Y mientras observaba la oscuridad del subsuelo, tuve una apreciación más clara del porqué. Agarré la linterna y el walkie y comencé a arrastrarme. Un olor poderoso me sobrecogió.


Olía a muerte.


Me giré a mi walkie:


—Josh, ¿estás ahí?


—Este es Macho Man, adelante.


—Josh, ya basta. Algo anda mal aquí abajo.


—¿A qué te refieres?


—Huele a que algo murió.


—¿Es Cajas?


—En verdad espero que no.


Bajé el walkie y moví la linterna alrededor. Si te asomas por la entrada desde afuera, puedes ver hasta la pared opuesta del subsuelo con la iluminación indicada. Pero tienes que estar adentro para poder ver el espacio con los maderos de soporte que sostienen la casa. Diría que había un sesenta por ciento del área que no podías ver a menos que entraras.


En tanto me movía, el olor se intensificaba. El miedo estaba creciendo en mí de que Cajas había ido ahí y le había pasado algo. Alumbré con la linterna a mi alrededor, pero no podía ver mucho con el alcance de ese foco. Pasé a un lado de uno de los maderos de soporte, y cuando lo hice sentí algo por mi pie que me hizo echarme hacia atrás.


Pelaje. Mi corazón se hundió y me preparé emocionalmente para lo que estaba a punto de ver. 


Acerqué mis ojos centímetro a centímetro para prolongar lo que sabía que venía, y alumbré al suelo del madero. Me tambaleé hacia atrás por el horror.


—¡Jesucristo! —escapó de mi boca temblorosa. Era una criatura horrenda y gravemente descompuesta. La piel de su cara se había podrido, así que los dientes parecían enormes. Y el olor era inaguantable.


—¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Es Cajas?


Me acerqué el walkie.


—No, no es Cajas.


—¿Entonces qué diablos es?


—No lo sé.


Apunté la luz en ello una vez más y lo miré con menos temor en mi visión. Me reí por lo bajo.


—¡Es un mapache!


—Pues sigue buscando. Voy a ir a la casa para ver si pudo haberse metido ahí de alguna forma.


—¿Qué? No. Josh, no vayas adentro. ¿Qué tal si Cajas está aquí abajo y se va corriendo?


—No podrá. Puse el tablero de nuevo.


Alcé mi vista y noté que estaba diciendo la verdad.


—¿Por qué hiciste eso?


—Ya, no te preocupes, lo puedes mover fácilmente. Esto tiene más sentido. Si Cajas escapa y lo pierdo, entonces se habrá ido. Si está ahí abajo, entonces agárralo con fuerza y vendré a mover el tablero. Y si no está ahí, entonces tú puedes mover el tablero mientras yo reviso la casa.


Sus observaciones tenían sentido, y dudaba que él fuera a ser capaz de agarrarlo de todas formas.


—Bueno. Pero ten cuidado y no toques nada. Aún hay un montón de mi ropa vieja en cajas en mi cuarto. Puedes ver si se ha metido en alguna. Asegúrate de llevar tu walkie.


—Entendido, amiguito.


Me daba cuenta de que iba a estar totalmente oscuro ahí. La energía estaba desactivada, dado que no había nadie que pagara la factura. Con suerte, sería capaz de ver con el resplandor de los postes de luz.


Dentro de poco, escuché pisadas justo arriba de mi cabeza y sentí tierra vieja lloviéndome.


—Josh, ¿eres tú?


—Chhhkkk. Atención, atención. Este es Macho Man regresando desde el gran Tango Foxtrot. El Águila ha aterrizado. ¿Cuál es tu posición, Princesa Jazmín? Cambio.


—Idiota.


Podía oírlo riendo con el walkie y me empecé a reír también. Escuché las pisadas disiparse —iba en camino a mi habitación—.


—Hombre, está oscuro aquí. Oye, ¿estás seguro de que dejaste esas cajas de tu ropa? No veo ninguna.


—Sí, debería haber un par de cajas frente a mi armario.


—Aquí no hay ninguna caja. Déjame revisar si pusiste las cajas en tu clóset antes de irte.


Mientras estaba esperando a que Josh me dijera lo que encontró, estiré una pierna que se me estaba quedando dormida y golpeé algo. Agaché la mirada y lo que vi fue extraño. Era una cobija y tenía tazones por todos lados. Me acerqué. La cobija olía a moho y la mayoría de los tazones estaban vacíos, pero uno tenía algo que supe reconocer: comida de gato.


Lo comprendí de inmediato. Mi mamá había organizado un lugar para alentar a Cajas a venir aquí en lugar de optar por correr en el vecindario. «Eso fue genial, mamá», pensé.


—Encontré tu ropa.


—Ah, bien. ¿Estaba en las cajas?


—Como dije, no hay cajas. Tu ropa está en tu clóset. Está colgada.


Sentí un escalofrío. Eso era imposible. Había empacado toda mi ropa con días de antelación. 


Recuerdo pensar lo estúpido que era tener que sacar ropa de las cajas para poder usarla. La había empacado, pero alguien la colgó devuelta. ¿Por qué?


—Se supone que están en cajas, Josh. Deja de bromear y ven afuera.


—No es broma, la estoy viendo. Quizá solo creíste que la empacaste. ¡Jaja! ¡Vaya! En verdad te gusta mirarte, ¿no?


—¿Qué? ¿De qué hablas?


—Tus paredes, jaja. Tus paredes están cubiertas en Polaroids tuyas. ¡Hay cientos! ¿Por qué contrataste a alguien pa...


Silencio.


Revisé mi walkie, creyendo que lo había apagado de alguna forma. Estaba bien. Podía oír pisadas, pero no podía descifrar exactamente hacia dónde iba Josh. Esperé a que terminara su oración, pensando que su dedo se deslizó del botón, pero no continuó.


Parecía que se trasladaba a pisotones por la casa. Estaba a punto de llamarlo, cuando regresó.


—Alguien está en la casa.


Su voz era susurrante y quebradiza; podía escuchar que estaba al borde del llanto. Quería responder, ¿pero cuán alto tenía el volumen de su walkie? ¿Qué tal si la otra persona lo escuchaba? No dije nada y solo esperé, escuché. Y lo que oí fueron pisadas. Pisadas fuertes y rasposas. Seguido de un ruido sordo.


—Oh Dios… Josh.


Había sido encontrado, estaba seguro de ello. Esta persona lo había encontrado y lo estaba hiriendo. Rompí en llanto. Él era mi único amigo, junto a Cajas.


Entonces me llegó: ¿qué tal si Josh le decía que yo estaba acá abajo? ¿Qué podría hacer yo? 


Mientras luchaba para recuperar la compostura, afortunadamente escuché la voz de Josh a través del walkie.


—Tiene algo, una bolsa grande. La tiró en el piso. Y… por Dios, la bolsa… creo que se movió.


Estaba paralizado. Quería correr a casa. Quería salvar a Josh. Quería pedir ayuda. Quería tantas cosas, pero solo me quedé ahí, congelado. Mientras permanecía incapaz de mover mis ojos —enfocados en la esquina del subsuelo de la casa que estaba por debajo de mi habitación—, moví mi linterna. Mi corazón casi saltó de mi pecho por la vista.


Animales. Docenas de ellos. Todos muertos. Estaban apilados a lo largo del perímetro. ¿Cajas podría estar entre esos cadáveres? ¿Era para eso que estaba ahí la comida de gato?


Ver esto me hizo espabilar, pues sabía que me tenía que ir de ahí, y me dirigí hacia el tablero. Lo empujé, pero no cedía. No podía moverlo porque estaba asegurado con una cuña. Me había quedado atrapado. «Maldito seas, Josh», murmuré para mí mismo. Podía sentir las pisadas estruendosas encima de mí. El suelo de la casa temblaba. Escuché a Josh gritar, y fue sincronizado por otro grito que no estaba lleno de miedo.


A medida que continué empujando, noté que el tablero se movió, pero no era yo quien lo estaba moviendo. Podía escuchar pisadas encima de mí y frente a mí, y gritos rellenando los silencios breves entre las pisadas. Me hice hacia atrás y sostuve mi walkie, listo para tratar de defenderme, mientras que el tablero fue retirado y una mano se introdujo para agarrarme: «¡Vámonos, ahora!»


Era Josh. Gracias a Dios. Salí por la abertura, sosteniendo la linterna y el walkie. Cuando llegamos a la cerca, ambos la saltamos, pero el walkie de Josh se cayó. Se quiso regresar, pero le dije que lo olvidara. Nos teníamos que ir. Detrás de nosotros podíamos oír los gritos, aunque no eran palabras, solo sonidos. Corrimos hacia el bosque para llegar a casa lo más pronto posible, mientras que Josh exclamada, inconsolable: «¡Mi foto! ¡Me tomó una foto!».


Pero yo sabía que el hombre ya tenía la fotografía de Josh —desde hace todos esos años, en la fosa—. Supuse que Josh aún pensaba que aquellos sonidos mecánicos provenían de un robot.


Llegamos a la casa de Josh y fuimos a su dormitorio antes de que sus padres se despertaran. Se trató de disculpar por haber perdido el walkie, pero le dije que era lo de menos, preguntándole sobre la bolsa grande y si en verdad se movió. Él me respondió que no estaba seguro.


No dormimos esa noche; nos quedamos sentados, espiando por la ventana, esperándolo. Volví a mi casa más tarde ese día, dado que ya eran alrededor de las tres de la mañana.



Le conté a mi mamá las generalidades de esta historia hace un par de días. Perdió el control y estaba furiosa por el peligro en el que me había puesto a mí mismo. Le pregunté por qué inventó todo aquello sobre no molestar a los nuevos dueños, por qué pensaba que la casa era tan peligrosa. Ella se tornó iracunda e histérica. Me agarró de la mano y la apretó con más fuerza de la que pensé que tenía, entrelazando sus ojos con los míos, susurrando como si tuviera miedo de ser oída:


—Porque nunca puse ninguna maldita cobija o tazones para Cajas debajo de la casa. No fuiste el único que los encontró.


Me sentí mareado. Ahora entendía tanto. Entendía por qué había lucido tan desconcertada después de sacar a Cajas de debajo de la casa en nuestro último día ahí. Entendí por qué nos fuimos varios días antes.


Mi mamá lo sabía. Sabía que él había hecho de nuestro hogar el suyo, y me lo ocultó. Me fui sin decir otra palabra, y no terminé la historia para ella. Pero quiero hacerlo aquí, para ustedes.


Llegué a casa ese domingo y tiré mis cosas en el suelo. Se esparcieron por todos lados, pero no me importó; solo quería dormir. Me desperté cerca de las nueve de la noche ante el maullido de Cajas. Mi corazón dio un brinco. Finalmente había vuelto a casa. Me sentía un poco descolocado por el hecho de que si solo hubiera esperado un día, nada de lo que pasó la noche anterior hubiese ocurrido y hubiese tenido a Cajas de todas formas; pero ya no importaba.


Me levanté de la cama y lo llamé, viendo alrededor para divisar un reflejo de luz en sus ojos. El maullido continuó, y lo seguí. Venía de debajo de mi cama. Sus maullidos eran amortiguados por una camisa, así que la hice a un lado y sonreí, exclamando: «¡Bienvenido a casa, Cajas!».


Su maullido provenía de mi walkie-talkie.


Cajas nunca regresó a casa.

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Nunca he tenido que detallar esta historia como para explicarla de comienzo a fin, pero es real y me sucedió cuando tenía apenas seis años.


<Si presionas el oído contra la almohada en un cuarto callado, podrás escuchar tu propio corazón.>


Cuando era niño, ese latido rítmico y ahogado me sonaba como pisadas suaves en un suelo alfombrado. Casi todas las noches —momentos antes de quedarme dormido—, oía estas pisadas y era arrancado de mi estado de inconsciencia, alarmado.


Viví con mi madre durante toda mi niñez en un vecindario modesto que estaba en una fase transitoria —las personas de estratos económicos más bajos se estaban mudando de forma gradual, y mi madre y yo éramos de esas personas—. Vivíamos en el tipo de hogar que verías siendo transportado en dos piezas por las carreteras interestatales, pero mi mamá lo cuidaba como era debido. Había una arboleda extensa rodeando el vecindario, en donde jugada y exploraba durante el día; pero de noche, como es común que suceda, las cosas se ven más siniestras para un niño. Aunado a la naturaleza de nuestra casa, esto generaba el espacio suficiente en mi mente para monstruos imaginarios y escenarios inescapables que consumían mis pensamientos siempre que era despertado por las pisadas.


Le conté a mi mamá de las pisadas, y ella dijo que solo estaba imaginando cosas. Persistí tanto que me roció las orejas con un gotero de cocina solo para tranquilizarme, pues creí que eso podría ayudarme. Claro, no lo hizo. A pesar de todas las inquietudes y las pisadas, lo único raro que llegó a suceder era que, de vez en cuando, me despertaba en la cama de abajo de la litera aunque me hubiese quedado dormido en la de arriba. Pero no era nada realmente extraño, porque a veces me levantaba a orinar o a traer algo de beber y me acostaba en la cama de abajo (era hijo único, no importaba). Esto sucedía una o dos veces a la semana, pero despertar en la cama de abajo no era tan aterrador.


Una noche no me desperté en la cama de abajo. Había escuchado las pisadas, pero mi sueño era demasiado profundo como para despertarme, y, cuando lo hice, no fue por el sonido de las pisadas, o una pesadilla, sino porque tenía frío.


Al abrir mis ojos, vi estrellas. Estaba en el bosque. Me senté de inmediato y traté de comprender lo que estaba sucediendo. Pensé que soñaba, pero no se sentía factible, aunque lo mismo aplicaba para aparecer en el bosque. Había un flotador de piscina desinflado en frente de mí, uno de esos con forma de tiburón. Esto no hizo más que sumarse a la percepción de surrealismo, pero luego de un tiempo parecía que no iba a despertar, porque no estaba dormido. Me paré para orientarme, pero no reconocía ese bosque. Jugaba en el bosque cerca de mi casa todo el tiempo y lo conocía muy bien. Si ese no era el mismo bosque, ¿cómo iba a salir? Di un paso y sentí un dolor punzante dispararse en mi pie; tropecé de vuelta en donde estaba recostado. Había pisado una espina. Con la luz de la luna, pude ver que estaban por todas partes. Miré a mi otro pie y se encontraba bien. De hecho, toda parte de mí lo estaba. No tenía ningún rasguño en mi cuerpo ni estaba sucio en lo más mínimo. Lloré por un rato y luego me volví a poner de pie.


No sabía qué dirección tomar; escogí una cualquiera. Resistí la urgencia de gritar porque no estaba seguro de si quería ser encontrado por quien —o todo aquello que— acechara en la cercanía.

Caminé por horas. Traté de caminar en línea recta, y traté corregir mi pasos siempre que tomaba desvíos, pero era un niño y tenía miedo. No había ningún aullido o gritos, y solo en una ocasión pude escuchar un ruido que me asustó. Sonó como un bebé llorando. Ahora creo que pudo ser un gato, pero me hizo entrar en pánico. Corrí, escabulléndome en distintas direcciones para evadir los arbustos frondosos o los árboles colapsados. Estaba enfocándome demasiado en el terreno, ya que mis pies estaban en mala condición para ese punto. Me enfocaba demasiado en lo que pisaba y no suficiente en la trayectoria hacia la que conducía mis pisadas. Minutos después de haber escuchado el llanto, vi algo que me atestó de una desesperación que no había experimentado hasta ese momento: el flotador de piscina.


Me encontraba a unos metros de mi punto de partida. Esto no era magia ni ningún tipo de distorsión sobrenatural del espacio; me había perdido. Poco me había planteado cómo fue que aparecí en el bosque, distrayéndome con salir de él. Pero volver al comienzo hizo que mi mente fluyera. No tenía la seguridad de que este era mi bosque, solo esperaba que fuera así. ¿Había corrido en un círculo enorme alrededor de ese lugar, o me había girado de alguna forma y comencé a ir en reversa? ¿Cómo saldría? Por esos años pensaba que la estrella norte era la estrella más brillante, así que busqué la estrella más brillante y la seguí.


Eventualmente, la escena se hizo más familiar. Supe que había salido cuando vi «la fosa» (una fosa de tierra en la cual mis amigos y yo teníamos guerras de barro). Había empezado a caminar muy despacio porque mis pies me ardían, pero me sentía tan feliz de estar cerca de casa que me agilicé con un trote lento. Cuando miré de verdad el techo de mi casa, dejé salir un suspiro tenue y aceleré mi paso. Solo quería estar en casa. Ya había decidido que no diría nada, pues ni tenía idea de qué decir. Entraría en la casa de alguna forma, me limpiaría y me iría a dormir.


Mi corazón se hundió cuando giré en la esquina de mi bloque y vi mi casa con más plenitud. Todas las luces estaban encendidas. Sabía que mi mamá estaba despierta, y sabía que tendría que explicar —o tratar de explicar— en dónde había estado. Mi recorrido descendió a un trote, el cual se revirtió a un caminado.


Vi la silueta de ella por las cortinas, y, aunque estaba preocupado sobre cómo me justificaría, eso me dejó de importar. Di unos pasos más hacia el pórtico, puse mis manos en la perilla y la torcí. Justo antes de que empujara la puerta sosteniéndome con ambas manos de la perilla, unos brazos me cogieron y me tiraron hacia atrás. Grité lo más fuerte que pude: «¡MAMÁ! ¡AYÚDAME! ¡POR FAVOR, MAMÁ!». El sentimiento de estar tan próximo a casa y luego ser arrastrado físicamente de ella me llenó de una especie de angustia que es, después de todos estos años, indescriptible.


La puerta de la que había sido retirado se abrió, y un brillo de esperanza se aceleró a mi corazón. 


Pero no era mi mamá, era un hombre, y era enorme. Yo tiraba patadas y apuñeteaba la barbilla de esta persona que me sostenía mientras trataba de lanzarme en dirección opuesta a la persona que acababa de salir de mi casa. Tenía miedo, pero estaba furioso. «¡Déjame ir! ¡¿En dónde está mi mamá?! ¡¿En dónde está mi mamá?! ¡¿Qué le has hecho?!». Cuando mi garganta me empezó a incomodar y estaba inhalando un nuevo aliento, me volví consciente del sonido que había estado presente por más tiempo del que había percibido: «Cariño, cálmate, por favor. Te tengo». Sonaba como mi mamá.


Los brazos disminuyeron su agarre y me dejaron en el suelo. La luz del pórtico dejó de contrastar con el hombre que venía hacia nosotros, permitiéndome notar su vestimenta: era un policía. Me di la vuelta para asignarle un rostro a la voz detrás de mí y vi que era mi madre. Todo estaba bien. 


Comencé a llorar, y los tres regresamos a la casa.


—Estoy tan aliviada de que estés en casa, cariño. Estaba preocupada de que nunca te vería de nuevo.


Para ese punto, ella lloraba también.


—Lo siento, no sé lo que pasó. Solo quería venir acá. Lo siento.


—Está bien. Solo no vuelvas a hacerlo. No estoy segura de si mi barbilla podrá resistirlo… —Una risa leve se coló de entre mis sollozos, y sonreí un poco.


—Bueno, perdón por haberte golpeado, ¡¿pero por qué me tenías que agarrar de esa forma?!


—Tenía miedo de que te escaparas de nuevo.


Su aclaración me confundió.


—¿A qué te refieres?


—Encontramos una nota en tu almohada —dijo, apuntando hacia un pedazo de papel que el oficial de policía me deslizó por la mesa.


Recogí la nota y la leí. Una carta de fuga. Decía que era infeliz, y que nunca quería verla a ella o a mis amigos de nuevo. El oficial intercambió unas cuantas palabras con mi mamá en el pórtico mientras yo inspeccionaba la carta. Pero incluso si a veces iba al baño por la noche y no lo recordaba, o incluso si pude haber ido al bosque por mi propia cuenta… incluso si todo eso era verdad, lo único que reflexionaba para este punto, era: «Así no es como escribo mi nombre… Yo no escribí esta carta».

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Siempre he hecho demasiadas preguntas.


Desde que tenía tres años, mi pobre padre tuvo que aguantar una descarga de ametralladora de la pregunta «por qué» siempre que yo encontraba algo nuevo o interesante. ¿Por qué los patos tienen picos en vez de bocas como nuestro gato, Milo? ¿Por qué las abejas son buenas, pero los avispones son malos? ¿Por qué los niños de la escuela hacen pipí parados y por qué las niñas no pueden hacerlo?


Cuando las preguntas eran demasiadas, él me gritaba. Si eso no funcionaba, me mandaba a la casa de mi tía para que me quedara ahí por unos días mientras se recuperaba de mi parloteo persistente. Conforme crecía, aprendí que «recuperarse» significaba beber intensamente y llorarle a una Biblia; esa combinación era su único consuelo desde que mi madre murió tres meses después de mi nacimiento.


Las preguntas acerca de ella estaban completamente fuera de límites, y aprendí eso temprana y duramente. Si llegaba a mencionarla de paso, el rostro de mi papá se oscurecía al igual que un cumulo nimbo tomado directamente del Viejo Testamento, y se sacaba su cinturón. Solo tomó un puñado de azotes con ese cuero agrietado y punzante antes de que aprendiera a nunca mencionarla cerca de él. Cómo debió haberle dolido que luciera exactamente igual que ella.


Pero mi curiosidad era una parte de mí, de la misma manera en la que lo es ahora, y no pudo ser asesinada con ninguna paliza.


La religión tuvo una relevancia predilecta en nuestras vidas, y vivimos en una de las ciudades más pequeñas al borde del Cinturón Bíblico en Estados Unidos —y mi afición por los interrogatorios infinitos me metía en problemas rápidamente—. Fui etiquetada como «antagónica» y pasé muchas horas de clase sentada en una esquina, a solas. La decepción de mi papá acerca de esto era palpable; lo único que él quería era una niña buena y obediente, como esas que reciben menciones superficiales en la Biblia. En este sentido, era muy desemejante a mi madre católica, quien había sido tímida y modesta, y eso parecía herirlo más que cualquier otra cosa.


Traté de ser como él la recordaba, pero las preguntas ardían en mis senos como un fuego pequeño, causándome dolor hasta que daba a luz a mis cuestionamientos. Quería saber por qué Dios había permitido que la serpiente engañara a Eva y causara tal conflicto, cuando Dios era omnisciente y omnipresente. Mientras más aprendía y mientras más leía, más preguntas hervían en mi interior. Recuerdo cuán peligrosas se sentían, como una caldera de lava al rojo vivo esperando a reventar desde mi boca cual detonación ígnea de blasfemia. Y de entre todos los misterios, los que involucraban a las mujeres de la Biblia me consumían más que la mayoría.


Previo al exilio del Edén, antes del pecado original, ¿Eva tenía periodos menstruales? ¿Cómo hubiera sido el parto si nunca hubiera comido del Árbol? Si Adán hubiese sido engañado por la serpiente en vez de Eva, ¿los hombres habrían cargado con el dolor del parto? ¿Habrían sido las mujeres quienes se estarían esforzando en los campos hasta que volvamos al polvo?


Cada vez que trataba de alzar estas preguntas, era derribada de inmediato.


Lo que pasó, pasó —me enseñó la profesora de la Escuela Dominical Protestante, con su mirada severa y acerada—. Y no es el lugar de las mujeres el argumentar contra las palabras de Dios o de los hombres.


Y eso fue todo. No podía impedir que las preguntas consumieran mis pensamientos, pero estaba aprendiendo a detener mi lengua.


Si las circunstancias hubieran sido diferentes, si hubiera crecido en otra parte, puede que simplemente me hubiera hecho atea. Mis preguntas no respondidas y las frustraciones crecientes me habrían alejado de la Iglesia en vez de empujarme con más seriedad dentro de la religión.


Había decidido, desde que era pequeña, que la razón por la cual el conocimiento se me prohibía era por mi sexo; que solo los hombres estaban al tanto del conocimiento verdadero de las obras de Dios. En efecto, esto fue confirmado por todo lo que veía a mi alrededor: todos los predicadores y los pastores eran hombres, y los padres reinaban los hogares. En el Vaticano, en la Europa distante, el Papa yacía rodeado de hombres, círculos concéntricos de masculinidad que solo eran rotos por las corrientes de conventos de monjas en los límites exteriores.


Así que me eduqué. Descubrí un lugar en el que mi curiosidad podría nacer de nuevo. Fui a la universidad, me titulé en teología y me apliqué enteramente, escarbando a profundidad los misterios de la religión. Era un ambiente muy distinto a mi hogar. Aquí, las personas estaban dispuestas a entablar debates filosóficos enérgicos, a asumir el papel del abogado del Diablo y a discutir desde perspectivas nuevas.

Finalmente era capaz de ventilar esas preguntas de magma, intercambiarlas con mis pares hasta que se habían enfriado lo suficiente como para ser tocadas y examinadas.


Pero a lo largo de mis estudios, y a través de nuestras discusiones, hubo una pregunta que permaneció sin respuesta; otra faceta más de la femineidad que la Biblia había olvidado casualmente. Todos parecían creer que era una pregunta muy extraña como para siquiera ser considerada, pero a mí me consumía.

Después de que Jesús nació, ¿qué pasó con la placenta de María?


Nadie tenía una respuesta. A mí me parecía una cosa tan obvia, una omisión tan enorme de parte de los hombres que trazaron el Gran Libro. Si los huesos fragmentados de los dedos de los santos eran reliquias sagradas, si la última copa que tocó los labios de Jesús era buscada por todas partes por ser la reliquia más sagrada de todas, ¿entonces qué hay de la cosa que lo sustentó en el vientre?

Los clérigos devotos a quienes acudí estaban incomodados, e incluso asqueados por mi pregunta. Creo que la mitad de ellos ni siquiera sabía qué era una placenta, que pensaban que un bebe salía por las piernas de la mujer y que ese era el fin del asunto.


Pero cuando comencé a interrogar a las monjas —especialmente a esas que habían tenido hijos antes de que hicieran su juramentación—, comencé a progresar un poco.


La Hermana que tenía las respuestas era muy vieja, en sus noventa, si no es que más, y con la complexión de un gorrión famélico. La piel de sus manos era blanca, azul y púrpura, y tan frágil y translúcida que prácticamente podías ver la sangre bombeando con lentitud por debajo del tejido de piel de papel en sus muñecas.


—¿Te sabes la historia de la Biblia, no, pequeña?


Asentí; todos en mi clase habíamos discutido los mitos y las leyendas que rodeaban a la Biblia, la cual había sido examinada meticulosamente, y la mayoría de ella había sido descartada ya sea como ficción total, o más como crítica social y política que milagro.


—Fue un trabajo evolutivo, perdiendo y ganando texto a medida que los siglos pasaban, mientras algunas piezas se hacían más o menos populares para diversos reyes, sacerdotes y sectas.


—Bien. Me alegra que no creas en esa tontería del Concilio de Nicea —dijo.


—Bueno, para ser honesta, no me sorprendería si un montón de hombres se tuvieron que reunir y botar todos los fragmentos que no les gustaban.


La sonrisa de la monja anciana se amplió. Sus ojos eran brillantes y ágiles, nada de su ingenio se había perdido en el tiempo.


—¿Alguna vez te has preguntado por qué no existe ningún registro detallado de Sara, la esposa de Abraham? ¿Ni de Ruth o María Magdalena? Estas fueron mujeres realmente increíbles; acompañantes de algunos de los hombres más grandes que han vivido. Ciertamente, sus historias tienen un lugar en la Biblia, ¿no?


—¡Si! He pensado eso con frecuencia —admití.


—Entonces creo que tengo algo que enseñarte.



—Lo llamamos el Libro de Eva —me dijo a medida que abría un tomo que me había presentado.


No era impresionante; no tenía cuero trabajado, ni broches enjoyados, ni papel dorado. Había sido impreso en papel ordinario y tenía un forro rojo sencillo.


Mientras volteaba las páginas, pude ver por qué había sido llamado de esa manera, pues el libro comenzó con los linajes de mujeres bíblicas canónicas, empezando por Eva y extendiéndose hasta María, la madre de Jesús.


—¿Por qué no había visto esto antes? ¿O al menos oído hablar de él?


—Porque nadie, aparte de nosotras, está interesado —replicó la monja—. Los predicadores honrados no quieren hablar de los esfuerzos heroicos de Eva al dar a luz a cincuenta y cinco hijos, y al haberlos criado por sí misma, en su mayoría. Quieren hablar de la gloria de Jericó, de cómo David mató a Goliat y los milagros de Jesucristo. Los hombres dirigen la Iglesia, y los hombres no están interesados en los logros de las mujeres; solo en los de otros hombres.


—¿Qué hay de María? ¿Qué pasó después del nacimiento de Jesús?


—Página setenta y siete.


Le di vuelta apresuradamente a las páginas del libro.


—…Y después de que entró a nuestro mundo, lo que quedó de su derecho de nacimiento fue encerrado en un cofre de hierro y transportado por las esposas de los tres Reyes.


—¿Los Reyes Magos tenían esposas?


Ella resopló gentilmente.


—Por supuesto que sí. Todos los grandes hombres tenían esposa; y, con frecuencia, muchas.


—Necesito pedir prestado este libro. Necesito leerlo.

—Tengo una mejor idea: léelo aquí. Quédate con nosotras. Necesitamos a alguien como tú.

Me quedé con las monjas por varias semanas mientras estudiaba y leía el libro. Me hacían trabajar duro durante el día, lavando ropa de forma anticuada, con tablas de lavado y lejía, hasta que mis manos estaban rojas y desgastadas, igual de callosas que las de un campesino.


Durante la noche, leía cuidadosamente las páginas, memorizando tanto como podía acerca del Libro de Eva, gozando de los registros de estas mujeres olvidadas, de estas madres de naciones y esposas de dioses de antaño.


—¿En dónde está el cofre de hierro? —le pregunté a la monja una noche.


—Esperaba que me preguntaras eso, pequeña.


Conduciéndome hacia su estudio, sacó una llave de su bolsillo y luego abrió el cajón de un escritorio, sacando cuidadosamente una pila de fotografías Polaroid. Al entregármelas, se sentó e hizo una torre con sus dedos ásperos, observándome.


Todas las fotografías mostraban el mismo objeto, cada una desde un ángulo distinto. Era una caja de metal tosca, la cual había sido desgarrada por una fuerza inmensa. Como si hubiese explotado desde el interior. Mi cuero cabelludo me cosquilleó en tanto ataba los cabos.


—Es este. El cofre de hierro que las tres concubinas transportaron desde Belén.


—Sí.


—¿Qué le sucedió?


—La criatura que estaba atrapada en el interior escapó.


Tragué grueso, sin ánimo de comprender lo que me estaba diciendo.


—¿Criatura?


Y así, con su voz silente y aflautada, la Hermana Michaels me explicó el secreto verdadero.


—Cuando Dios escogió a María para nutrir el cuerpo de Cristo, él sabía que su hijo divino no podría habitar un contenedor marcado con el pecado original. Para contener a Cristo mismo, el bebé tuvo que ser purificado de todo pecado, de todas las corrupciones de la humanidad.


Agarró de nuevo las fotografías, guardándolas bajo llave en el cajón.


—Por lo tanto, Dios se aseguró de que todas las maldades de nuestros cuerpos mortales fueran empujadas hacia el útero de María —en su placenta—, en donde permanecieron, por siempre separadas de Jesús.


—Pero fue una placenta, no un bebé. ¿Cómo fue que creció? ¿Cómo se convirtió en una… criatura?


—Aunque estuviera impregnada de pecado, aun así era divina, consistiendo tanto de Cristo como de la Madonna. No podía ser calcinada ni podía ser cortada, así que fue sellada. Permaneció en la oscuridad, resguardada por sacerdotes de una orden antigua, a quienes se les encomendó vigilar la reliquia sagrada. Y en esa oscuridad, creció, alimentada por la semi-vida en su interior, y añorando el alma que carecía.


—Y al final se hizo demasiado grande para el cofre, ¿verdad?


—Sí, pequeña. Y ahora está libre.


—¿Qué significa eso?


—Desea venganza.

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Me había sentido insegura de abordar el vuelo desde Texas a Roma, pero la Hermana me prometió que responderían mis demás preguntas. Cuando llegué a la pequeña iglesia de piedra y ladrillo cerca de la costa, un hombre con la cabeza afeitada me escoltó hacia adentro inmediatamente, y luego me llevó a la cripta de la iglesia. Los cadáveres de siete sacerdotes yacían en el mausoleo frío, esperando su sepulcro.


—Trataron de detenerlo —me explicó el rector—. Ese era su deber sagrado. Trataron de regresarlo con espadas de plata y hierro sagrados. Pero con un solo toque… —divagó, señalando a los cadáveres envueltos con lino.


Sus muertes fueron únicas, de formas que hicieron que mi estómago se retorciera. Mientras levantaba la sábana del primero, contemplé forúnculos supurantes por toda su cara; rastros rojos y negros de putrefacción delineaban los vasos sanguíneos de su cuello. Había muerto en cuestión de minutos, aparentemente, sucumbiendo ante una enfermedad tan antigua, que ya no tenía nombre.


Otro no tenía marcas en su carne, pero sus ojos sobresalían obscenamente por debajo de sus párpados punteados de venas. El rector me informó que se había asfixiado y murió de rodillas; su garganta se había tapado con una lechada putrefacta de serpientes y ranas.


Quizá lo más aterrador de todo fue el hombre que se había ahogado en tierra firme. Sus pulmones se habían llenado de agua salada, la cual aún goteaba por sus labios cocidos.


—¿Cómo? —inquirí.


—Un solo toque es lo único que se necesita —explicó el hombre, apiñándose del frío dentro de su hábito de lana café—. Los tocó una vez a cada uno, y luego los dejó como los ves ahora.


—No lo comprendo. Si hombres sagrados portando armas sagradas no pudieron herirlo, ¿entonces por qué me han traído a mí aquí?


—Porque la criatura no posee la forma de un hombre.


—No lo entiendo.


—La criatura es una mujer.


Reflexioné acerca de eso por un momento.


—¿Y crees que otra mujer puede ser capaz de detenerla?


Asintió.


—Sí. Eres joven, fuerte y, aún más importante, no has efectuado tu juramentación inicial o final. Creemos que puede oler el toque de Dios en nosotros, y eso la conduce a la locura. Cualquiera en la iglesia que se le ha acercado, ha muerto terriblemente, como lo puedes ver aquí.


Estudié la escena horripilante frente a mí; el miedo arrastraba dedos gélidos por mi espina dorsal. Hasta donde sabía, la criatura solo me mataría en el acto sin que importara que fuera una mujer o que aún no me hubiera casado con Cristo.


Por el otro lado, si llegase a tener éxito en donde hombres de gran fe habían fallado…


Y quería verla, más que nunca, ahora que esta última pieza de información había sido revelada. Quería saber.


—No estoy segura de si puedo ayudar, o de cómo. Pero estoy dispuesta a intentarlo.


....


Con un fragmento del cofre de hierro en una cadena alrededor de mi cuello, partí a mi cacería. El rector razonó que la caja de metal había sido su hogar por tanto tiempo, que el collar podría hacerme parecer más familiar ante ella, menos amenazadora. O al menos podría brindarme su atención. Supuse que descubriría al final si esa lógica era correcta o no, no es como si tuviera otras armas en mi arsenal.


Mientras que la orden de sacerdotes era antigua, su sistema de seguridad era moderno, e incluía cámaras en las entradas y salidas de la iglesia. Una serie de capturas habían sido descargadas en mi teléfono, y las revisé, contemplando al ser que había asesinado con furia bíblica a una docena de hombres adultos.


Era hermosa, en un sentido atemporal y clásico. Rasgos simétricos y casi élficos se veían a través de un halo de cabello rubio platino, lo suficientemente largo como para cubrir la mayor parte de su torso desnudo. Pero desde su cintura hacia abajo, algo se encontraba muy, muy mal. Piel pálida se oscurecía en una tonalidad de gris brillante y enfermizo, y luego en jirones de negro, colgando a manera de harapos putrefactos en sus muslos desgastados —y por debajo de la rodilla solo restaba hueso blanco y tendones incoloros—. Siendo tan pálida como un pez, se había quedado parada entrecerrando los ojos por varios segundos extenuantes antes de correr con sus pies esqueléticos e imposibles hacia el mar.


Mis consultas a lo largo de la playa no acabaron en nada; nadie parecía haber visto a una mujer rubia desnuda, y ciertamente a ninguna que fuera un cadáver de la cintura para abajo. Cuando regresé a la capilla, el rector me informó que la criatura había sido divisada de nuevo —en otra iglesia a unos quince kilómetros de la costa— y que había asesinado al sacerdote a cargo al convertir su sangre en vino.


Pensé que sabía hacia dónde se dirigía.


Iba en línea recta hacia el más sagrado de todos los hombres santos del país: el Papa.



La vi en la calle antes de que ella me viera a mí. Se había adaptado rápidamente; pantalones de cintura alta cubrían sus piernas cadavéricas, y botas negras nuevas ocultaban las abominaciones que eran sus pies. Sus mejores cualidades eran exhibidas a su favor con una blusa negra y plateada de hombros descubiertos. No se veía fuera de lugar, sino como otra chica turista linda en su camino hacia el Vaticano, en donde se sacaría selfies insípidas para publicarlas en sus redes sociales.


Si me percibió a mí o al fragmento de su prisión… no lo tengo claro, pero con una sacudida violenta, se escabulló entre dos edificios, y luego corrió. Era rápida; su anatomía en decadencia no la limitaba en lo más mínimo.


La seguí, por supuesto. No había otra cosa que pudiera hacer. Pisoteando por el callejón resonante de ladrillo, capté solo un vistazo de cabello rubio destellando bajo la luz del sol mientras ella rodeaba el extremo opuesto. Cuando giré por la misma esquina, una mano me embistió el pecho con la suficiente fuerza para sacarme el aliento de los pulmones y el vigor de mis piernas. Mientras caía, esa mano incongruentemente delicada jaló con violencia el collar pesado en mi cuello.


Su ceño fruncido arruinó sus rasgos angelicales. La mujer pálida se dio la vuelta y arrojó el fragmento de su antigua prisión lejos de ella con una fuerza asombrosa. El collar reflejó la luz a medida que navegaba por los tejados alicatados.


—Debería matarte —escupió, presionándome contra los adoquines con su rodilla; la lanza de la tuberosidad tibial poderosamente afilada estaba a punto de perforar la carne de mi costado.


—Por favor —me lamenté—. Por favor, no.


—Ah, ¡cuánta fe! —se burló, agitando su cabeza con desdén; su cabello era una corona salvaje de luz por encima de mí—. Te mandaron a tu muerte sin más protección que un pedazo de metal antiguo y tu sexo.

Tiritando por el temor, sentí el hueso revestido de mezclilla enterrándose aún más profundamente en mis costillas.


—¿Qué es lo que quieres? —murmuré.


—¡Quiero lo que queda de mi! ¡Quiero lo que se me arrebató, el cuerpo y el alma que eran míos, que se me debieron haber entregado, hace todos esos siglos!


Viró su terrible cabeza en dirección a la Ciudad Sagrada.


—Y en ese lugar está el hombre que me puede decir en dónde lo puedo encontrar.


La presión a mi costado se atenuó cuando ella se sentó de cuclillas, y una fuga de putrefacción oscura se presionó contra el material alrededor de sus muslos.


—No puedes herirme, hermanita. Si pudiera ser asesinada, me hubieran quemado después de que mi madre me trajo a este mundo —Aspiró despectivamente—. El hierro no me puede contener, la plata sagrada no me puede cortar. Mi final solo puede llegar cuando me reúna con mi carne original. Con tu preciado Cristo.


—Pero no puedes —solté abruptamente—, no puedes reunirte con él.


—¿Por qué no? —Sus ojos ardieron como una llama detrás de un vitral—. ¿Crees que no tengo el poder?


Negué con la cabeza.


—Estoy segura de que lo tienes, pero no me refiero a eso. No puedes unirte con Cristo, porque está muerto. Fue asesinado hace más de dos mil años.


—¡Estás mintiendo!


—No es así. Puedes encontrar su velo en la Catedral de San Juan Bautista. Puedes leer sobre su muerte en cualquier Biblia.


—¿Cómo? —preguntó; sus rasgos pálidos eran más blancos que un alma nueva—. ¿Cómo murió?


Así que me senté en ese callejón asqueroso, detrás de un bloque de almacenes que apestaban a pescado, y le conté la historia de la crucifixión.


Cuando había finalizado, no dijo nada.


—¿Me vas a matar?


Ella negó con la cabeza.


—No. No te voy a matar.


—¿Qué vas a hacer?


—Creo… —empezó, viendo por encima de los tejados al sol resplandeciendo desde las nubes— que encontraré a los descendientes de quienes lo mataron. Y luego extinguiré sus vidas, y tomaré sus almas para llenar el agujero doliente en mi interior.


Me sentí enferma, mareada y helada por el pánico.


—Pero eso equivale a miles de personas… ¡millones, incluso!


Ella me sonrió; sus colmillos se asemejaban a los de los felinos, demasiado perfectos. Su mirada era beatífica.


—Pues, es un agujero muy grande.



Está ahí afuera, cazándote. No le importa que no tengas control sobre tu ascendencia, que tu linaje no sea más que un capricho del destino, el mero accidente de quién engendró a quién. Nos lo causamos nosotros mismos cuando matamos a nuestro salvador.


Pero lo peor de todo es que no creo que estará saciada. Con un agujero del tamaño de Dios dentro de ti, ¿cómo es posible que llegues a estar satisfecho?


Y no puedo dejar de pensar en la ironía nefasta de esto. Toda la vida humana ingresó al mundo por medio de Eva, y ahora toda la vida humana será expelida del mundo por otra mujer.


Solo espero que no me guarde para el final

hybrid_ningen Jul 30 · Rate: 5 · Comments: 1 · Tags: creepypasta
hybrid_ningen

Mi presencia siempre fue pasada por alto. Ignorada. Olvidada. Fui degradado a nada más que un conserje. Pero no solo estoy aquí para recoger basura. Soy personal de mantenimiento, claro, pero también soy culto. Debo serlo, tengo que lidiar con el desperdicio médico de un laboratorio de investigación privado. Manipulo residuos patológicos de todo tipo a diario. Los investigadores se olvidan de que estoy aquí y pasan a mi lado sin decirme nada, pero que no me vean no significa que sea ignorante. Sé más de lo que aparento: tengo acceso ilimitado y veo la mierda jodida que hay aquí. Puede que no entienda la ciencia detrás de todo ello, puede que no sea capaz de explicar para qué son todas las pruebas o qué hacen todas las máquinas, pero lo veo todo. He visto mariposas de cuatro alas, he avistado palomas extrañamente deformes, he limpiado manchas de piel de animal derretida, he visto a un mono aprendiendo a controlar un brazo biónico, y, ayer, atestigüé el final de toda esta instalación y de su equipo de investigadores, cuando uno de sus experimentos salió mal.

Skinny Rogue. Así es como lo llamaban. Su nombre oficial era «Espécimen E5-2187», pero nadie se refería a él de esa manera. Verás, los científicos tienen mala reputación: no son, ni por cerca, tan fríos y desconectados como ves en la televisión o en las películas. Tienden a apegarse a sus creaciones más de lo que creerías. En el caso presente, había una pieza de cinta adhesiva en la esquina del tanque de Skinny con su apodo y una carita feliz a su lado.

Hasta donde podía observar, Skinny Rogue era un tipo de serpiente. Medía un poco más de medio metro de largo y era delgado, como una lombriz solitaria. Tenía una cabeza redondeada con dos diminutos ojos de azul vidrioso que nunca se movían. La totalidad de Skinny era blanco, aparte de su pequeña lengua roja bífida que a veces se deslizaba por su boca y se agitaba como una bandera en la brisa. Se le mantenía en un terrario suave en el subnivel seis. Solo una capa de gravilla y espacio abierto, nada más que le hiciera compañía. Mientras limpiaba, lo había visto serpenteando por las paredes de vidrio durante la noche. Me recordaba a un juego antiguo de una serpiente comiendo pixeles y tratando de no chocar contra sí misma a medida que crecía. No estaba seguro de si Skinny me podía ver, pero, a veces, parecía que me estaba siguiendo. Skinny Rogue era en definitiva uno de los especímenes más únicos que había visto.



FASE UNO

La semana pasada, mientras barría el piso, vi al equipo de investigación parado frente al tanque de Skinny. Catherine, John y David. Sí, me sabía sus nombres, pero que Dios me condene si alguno de ellos se sabía el mío. El trío había instalado una cámara apuntando hacia el tanque. Catherine estaba sosteniendo un milpiés con un par de tenazas. David desenroscó el tornillo de cabeza plana que mantenía cerrada la tapadera del tanque de Skinny. John la abrió. Catherine tiró el milpiés adentro, y los otros dos cerraron la tapadera con rapidez y la aseguraron.

Le tomó a Skinny Rogue un total de dos segundos para notar al intruso. Antes de que el milpiés tuviera tiempo de orientarse, Skinny arremetió contra él. Un mordisco fue lo único que se necesitó para que el milpiés desapareciera.

No había manera de que hubieran instalado la cámara solo para grabarlo comiendo. Tenía que ser más intricado que eso. Los tres empezaron a tomar notas, exhalando jadeos de emoción. Estaban tan distraídos que me pude acercar un poco más sin atraer mucha atención hacia mi persona.

¿Saben cómo, cuando una serpiente se come algo grande, puedes ver que su cuerpo está moldeando la forma de la presa? Bueno, podía ver al milpiés dentro de Skinny. Pero no solo la parte de su estómago en donde se había asentado, sino que veía a cada una de las pequeñas piernas desprendiéndose de la piel pálida de Skinny. Las piernas se estaban extendiendo a través del largo de Skinny, separadas entre sí para poder acomodarse proporcionalmente a la criatura que era diez veces más grande que el milpiés. Luego, cuando las piernas al fin terminaron de ubicarse, se movieron.

Skinny Rogue dejó de serpentear y empezó a caminar. El trío de científicos intercambiaron choques de manos, felicitaciones, exclamaciones y aclamaciones. Los dejé en su asunto y seguí con mi trabajo para que no verme sospechoso.

Cuando hice mis rondas esa noche, Skinny seguía corriendo de un lado a otro con sus nuevos miembros.



FASE DOS

En los días que le siguieron a la transformación de Skinny, noté que el pequeño se estaba rellenando un poco. Era como si solía ser un globo y alguien lo había inflado finalmente. No estuve presente en ningún otro proceso de alimentación, pero asumí que habían mantenido el suministro de milpiés, porque el tanque de milpiés —sí, en verdad teníamos uno— se estaba vaciando, y rápido.

Catherine y David llegaron justo cuando estaba vaciando las papeleras de la basura.

—Está listo —dijo Catherine—. Démosle un escorpión esta noche.

David se miró reticente:

—¿Estás segura de que no quieres esperar unos días?

Catherine negó con la cabeza.

—Se estabilizó a las siete de la mañana. Es hora.

—Bien, bien. Tú sabes lo que haces —contestó David.

Catherine sonrió vivazmente y le dio un codazo juguetón en el brazo. De todos en la facultad, Catherine era la única que me reconocía, pero incluso entonces solo se trataba de una sonrisa cortés cuando estábamos a solas en el laboratorio. Más que nada era una mirada de lástima. Una que significaba: «Perdón porque hayas tenido que limpiar viseras de mono otra vez».

Por la noche, hice un esfuerzo para estar cerca del laboratorio, esperando que pudiese ver el espectáculo. Quería descubrir lo que le pasaría a Skinny. Fascinación mórbida, en realidad.

Cerca de las seis de la tarde, David desapareció hacia el almacén de insectos. John y Catherine entraron al laboratorio y posicionaron la cámara. Fue en este punto cuando entré «casualmente» para limpiar los desperdicios médicos. No tomó mucho para que David regresara con un escorpión en una caja de plástico pequeña. John desenroscó la tapadera del tanque de Skinny y vio a David, como si estuviese esperando su aprobación. David asintió y John abrió el tanque.

El escorpión no estaba nada feliz por haber sido arrojado al tanque. Tan pronto como aterrizó, su cola se elevó y se preparó para atacar. Se movía de lado a lado, chasqueando sus pinzas agresivamente. John cerró la tapadera y Skinny se acercó. Skinny disparó su boca hacia el escorpión, pero el insecto estaba listo para defenderse. Cortó a Skinny.

Una gota de sudor rodó por el costado del rostro de David.

—No está listo para esto —murmuró acercando sus manos a la tapadera.

—Solo espera —lo detuvo Catherine.

Skinny Rogue se deslizó alrededor del escorpión, haciendo que su lengua parpadease desde su boca, como si estuviese burlándose de su presa. John se veía tenso y David era un manojo de nervios. De los tres, Catherine era la única que permanecía en calma mientras Skinny orbitada alrededor del insecto. Una vez que formó un círculo casi perfecto, se contrajo con violencia y se enrolló en el escorpión. Hubo un sonido de crujido seguido de una efusión de líquido. Pasó tan rápido que el escorpión ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Skinny se tragó los restos con un bocado.

El bulto en su estómago se aplanó rápido, pero no pasó nada.

—Necesita estar vivo. Trae otro. Esta vez más pequeño —dijo Catherine.

Me volteé de inmediato cuando David se apresuró a un lado mío. Pretendí que no había estado observando, pero incluso si me veían directamente, no creo que me habrían visto. Era invisible. Retomé mis labores mientas David traía otro escorpión. Una vez que había vuelto, y me dieron la espalda, me detuve y miré la segunda ronda.

El escorpión entró. La tapadera se cerró y fue asegurada.

Skinny Rogue destapó su mandíbula y deglutió al escorpión más pequeño con un movimiento.

Impresionante.

Podía ver la silueta de la criatura dentro del cuerpo de Skinny. Su cola pareció haberse desprendido del resto de su cuerpo y viajó por la forma de tubo de Skinny, como al rellenar intestinos de cabra con carne de salchicha. La cola del escorpión se convirtió en la cola de Skinny. Sus escamas débiles y pequeñas se engrosaron y se endurecieron, similar a un exoesqueleto. Aún blancas, pero más fuertes. Skinny repiqueteó alrededor del terrario, golpeando la punta filosa de su cola contra el cristal, quizá para inspeccionar debilidades.

John, David y Catherine estaban eufóricos.



FASE TRES

No fui capaz de estar ahí hace dos días cuando llevaron a cabo el siguiente experimento en Skinny —tenía una reunión importante afuera del trabajo— , pero pude ver los resultados por la mañana. Había desarrollado dos brazos pequeños y un par de patas traseras fuertes, las cuales le permitían correr, excavar e incluso mover la gravilla para formar un nido. Una rata, pensé, mientras examinaba su abdomen regordete.

Sus ojos lechosos, ahora amplios y sin las pupilas en línea, me seguían mientras circundaba su terrario. Se escabulló de un lado al siguiente, rasguñando el cristal con sus patas recién adquiridas. Supuse que se había hecho demasiado grande como para escalar el cristal, pero cuando toqué este por curiosidad, dobló sus características de mamífero y le permitió a sus patas de milpiés conectarse con el cristal. Lo escaló y se enrolló sobre mi dedo, como si tratase de aplastarlo de la misma forma que hizo con el escorpión. Por suerte, estaba detrás del cristal. Skinny entonces trató de romperlo con la punta de su cola, pero no era lo suficientemente fuerte como para agrietar el cristal.

Dentro de poco, regresé a mis rondas de limpieza, ansioso por terminar e irme a casa. Cuando estaba a punto de irme, mi supervisor me dijo que un mono había muerto y que debía limpiarlo. Supe por la apariencia de la jaula que me llevaría un tiempo para esterilizarla. Estaba repleta de unos filamentos extraños parecidos a cabellos. Se me había advertido que evadiera el contacto y que los incinerara como medida de precaución.

Antes de colocarme mi traje protector, las luces principales se atenuaron y fueron reemplazadas por un resplandor que alternaba de rojo a naranja, seguido del quejido penetrante de las alarmas. Esta era la primera vez que había estado en las instalaciones durante una emergencia, y aunque conocía el protocolo de evacuación, todo el asalto sensorial me dejó nervioso y paralizado.

Tenía que dirigirme a los túneles de acceso, al menos sabía eso. Los túneles habían sido construidos para los empleados menores y eran utilizados exclusivamente por nosotros, para que no —y cito— «estorbáramos» mientras se sacaran los desperdicios de las instalaciones. El laberinto de pasillos conducía a casi cualquier parte del edificio; eran una especia de mundo subterráneo para el personal de mantenimiento. Algo que nos apartara del camino, pese a que básicamente ya éramos invisibles.

Me hice espabilar. Deslicé mi tarjeta de acceso en el lector más cercano y me dirigí a los túneles. No sabía exactamente qué debía esperar mientras corría por los pasillos de cemento no pintado y por las escaleras empinadas que llevaban hacia el primer piso, pero no esperaba oír gritos. Sí, me sorprendió el cómo pudieron atravesar las gruesas paredes de concreto. Estaba aislado de lo que pasaba en el otro lado, pero me daba cuenta de que era desastroso y terrible. Medio metro de concreto, si recuerdo bien. Los gritos reverberaron a través de medio metro de concreto. Solo podía imaginarme los horrores que eran capaces de hacer que los gritos de hombres y mujeres fueran lo suficientemente ruidosos como para lograr eso.

Para cuando llegué al primer piso y salí de los túneles de acceso, estaba sin aliento y cubierto en sudor. Apenas podía ver un rayo de luz por las ventanas de vidrio granulado de la salida trasera. Empujé la manilla, pero la puerta estaba cerrada. Por mi angustia de querer salir, empecé a embestir las puertas, pero no cedían. Me tomó unos momentos para darme cuenta de que las luces de emergencia habían pasado de rojo y naranja a solo rojo: estábamos en modo de bloqueo de seguridad. Nada saldría ni entraría, no sin una tarjeta de acceso. Maldije por debajo de mi aliento. Ahora en verdad estaba empezando a sudar.

Me regresé a los túneles, yendo de arriba hacia abajo, en pánico. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Esperar a que acabara y confiar en que estaría a salvo en los túneles?

No, no podía dejar nada a la suerte. Los gritos se estaban haciendo más fuertes. Más cercanos. Necesitaba salir del edificio, subirme a mi auto e irme a la mierda.

Si tenía alguna oportunidad de salir, necesitaría ir a la oficina de seguridad cerca de la entrada principal y robar una de las tarjetas de acceso. Ni siquiera pensé en cómo llegaría a la oficina de seguridad o si tenía la tarjeta de acceso necesaria para entrar. Mi lógica imperfecta y presa del pánico me pudo haber matado.

Cuando llegué a la oficina de seguridad, encontré la puerta totalmente abierta y a sus ocupantes extraviados. Me tiré hacia adentro y cerré la puerta para que nadie, ni nada, pudiera sorprenderme si estaba de espaldas.



FASE CUATRO

Apenas tuve tiempo para registrar los cajones antes de que mis ojos fueran atraídos involuntariamente a los monitores. Skinny Rogue se había ido.

Había cuerpos por todos lados. Docenas de ellos distribuidos a lo largo de los pisos. La huella de Skinny, sin duda. Con los vistazos breves que había podido darle, noté que Skinny había cambiado de nuevo. Era más grande, más relleno, y sus patas frontales habían adquirido una naturaleza distintiva de brazos. Incluso se veía como si tuviera las manos de un simio. Corría con sus miembros de milpiés, desplazándose de una cámara de seguridad a la otra en cuestión de un parpadeo. De vez en vez, se detenía, se erguía con sus patas traseras, miraba alrededor, y retomaba su camino. Era difícil seguir su rastro, pero me di cuenta de algo: venía hacia donde yo estaba.

Revisé la puerta.

Cerrada, bien.

Pasó justo a un lado de la oficina de seguridad sin detenerse. Giró en la esquina y se dirigió a la entrada principal. No había venido por mí, había venido a escapar. Un guardia de seguridad salió corriendo por el túnel de acceso cerca de la entrada y le disparó a Skinny de inmediato. Escuché el pop y vi el resplandor de luz en la pantalla.

La bala estaba atascada en el cristal de la entrada; el guardia había fallado.

No iba a tener un segundo tiro. Skinny reaccionó, se paró con sus patas traseras y le enterró su aguijón venenoso en el estómago. En la pantalla, pude ver cómo el hombre se cayó al suelo y empezó a revolverse como un pescado. Sangre espumosa salía de su boca y sus ojos se desorbitaron como si fuese un personaje de caricatura. Unos segundos después de eso, se quedó quieto. Fue una manera horrible de morir.

Mientras tanto, Skinny estaba colisionando su aguijón contra la ventana. Era lo suficientemente inteligente como para canalizar sus esfuerzos en donde la bala había aterrizado. Con cada impacto, más grietas se formaban, hasta que el cristal al fin se quebró. Skinny salió por la puerta y desapareció del otro lado.

Esperé un minuto, y luego recogí el coraje necesario para abrir la puerta de la oficina y asomarme por el corredor en donde el guardia yacía muerto. Mi intención no era revisar su pulso. No, quería su arma. Se la saqué de los dedos y regresé a la oficina. Estaba asustado. Tan malditamente asustado, pero el arma me hacía sentir al menos un poco seguro. Abracé mis piernas y escondí mi rostro entre mis rodillas.



FASE CINCO

Mientras estaba sentado ahí, atemorizado, pude escuchar el ladrido salvaje de perros. Teníamos varios canes colocados alrededor del perímetro para alejar a las personas, pero nunca se me ocurrió que alguna vez se les necesitaría para mantener algo adentro. Tenía la esperanza de que pudieran detener a Skinny, pero no había manera de saber lo que estaba sucediendo ahí afuera. La ansiedad y la tensión se escabulleron por cada fibra de mis músculos. Los perros tenían que ganar la pelea. ¿Quién sabía lo que iba a pasar si Skinny lograba comerse uno? Verás, Skinny aún no se había comido a ninguno de los investigadores, y tenía la corazonada de que fue porque eran muy grandes para él. Los perros, por el otro lado, eran un escalón fructífero.

Los ladridos se convirtieron en chillidos. Los perros estaban perdiendo. Solo era cuestión de tiempo antes de que Skinny se comiera alguno y mutara. Me preguntaba en qué se transformaría, y qué haría una vez que sucediera. ¿Escalaría la cerca eléctrica? ¿Excavaría por debajo? ¿Causaría estragos en la ciudad?

No hizo nada de eso. En su lugar, regresó.

No estoy seguro de por qué lo hizo; no sé qué era lo que quería. Quizá no pudo salir, así que quería investigar las instalaciones, o tal vez quería tomar una siesta en su jaula; no tengo una puta idea. Solo recuerdo mirar hacia arriba y ver que había atravesado las puertas con facilidad. Era más grande. Mucho más grande, y su boca se había estirado en la forma de un hocico.

Se acercó al guardia de seguridad, le lamió la mejilla con esa lengua viperina, y se lo tragó completo. Recordé que necesitaba una víctima viva para que funcionase, ¿y quién era mejor que yo para ser adoptado como su siguiente platillo? Skinny merodeó por la esquina y empezó a rasguñar mi puerta. Me podía oler. Su nueva nariz podía olerme temblando detrás de la puerta metálica. Sostuve el arma con firmeza, debatiéndome si la debía usar contra él o para mí mismo.



FASE SEIS

Skinny se detuvo. Abrí mis ojos y dirigí mi atención hacia los monitores de seguridad. Catherine estaba parada al final del pasillo. ¿Por qué demonios no se había quedado escondida en donde sea que se había refugiado? ¿Por qué estaba buscando el peligro?

Skinny se echó hacia atrás, retrocediendo lentamente, sin romper contacto visual con ella en ningún momento. Su cola gigantesca se arqueó sobre su cabeza en tanto apuntaba su aguijón hacia ella.

—Rogue, cariño —dijo Catherine en el tono más suave que pudo modular.

A medida que pasó por la puerta de la oficina, me sentí obligado a abrir la puerta y agarrar a Catherine. Quizá podía ser un héroe. Su héroe.

Pero no lo hice. Ni siquiera le quité el seguro a la puerta. No me podía arriesgar. Skinny era demasiado rápido.

Solo observé. Ella forzó una sonrisa:

—Rogue, vámonos abajo. Te daré unos bocados deliciosos.

Podía escuchar el estrés en su voz. Esta era la primera vez que había visto a su confianza flaquear.

La nueva mandíbula canina de Skinny se abrió y se amplió. Se la iba a comer, estaba seguro. No podía dejar que eso sucediera. No podía dejar que tomara a Catherine. A todos menos Catherine. Sostuve, vacilante, la manija de la puerta, pero al fin me lancé desde la oficina de seguridad aferrándome al arma en mis dedos.

Pero era muy tarde. Di la vuelta por el corredor justo a tiempo para ver a Skinny abalanzándose hacia Catherine. Ella gritó mientras sucedía, pero los gritos fueron sofocados tan repentina y abruptamente que pareció que alguien había silenciado la televisión. Skinny se sentó y tragó. La figura de ella se deslizó por el largo torso y se asentó casi al final.

Esperé, impresionado. El cuerpo de Skinny no pareció haber cambiado. A pesar de que se había comido a Catherine con vida, no pasó nada. El bulto en su estómago desapareció lentamente, como si Catherine hubiese sido disuelta. ¿Quizá Skinny ya no podía evolucionar?

Luego, se giró hacia mí. Sus pequeños ojos azules me escanearon de pies a cabeza. Su boca se amplió y me apuntó con sus colmillos brillando como cuchillos. Todo se volvió borroso a medida que las lágrimas se abultaban en mis ojos. Eso era todo. Así era como iba a morir. Me iba a comer.

Skinny evacuó un chillido. No de furia, sino de miedo.

—¡¿Por qué…?! —vociferó con una voz que no era particularmente de hombre ni de mujer.

Se observó a sí mismo; el terror era evidente en sus pequeños ojos brillantes.

—¿Por qué?

No le contesté. No creo que pude haber hecho algún sonido incluso de haber intentado. Mi boca se había secado y mi garganta se había encogido al diámetro de una pajilla.

Skinny emitió otro chillido y sus piernas se desplomaron. Sus miembros de milpiés lo empujaron hacia mí, mientras que yo permanecí tan firme como una estatua. Supe que venía hacia mí, pero no me pude impulsar a ver más allá de mis pies. Y luego, sentí su sombra encima de mí. Cerré los ojos con fuerza, aterrado de que tuviera que pasar mis últimos momentos en la frontera hacia el Infierno. Pero estaba equivocado, Skinny no me quería a mí. Su aguijón recogió el arma y la sujetó con sus manos de simio.

No me había dado cuenta de que la había botado.

—N…No… no… no… —se quejó.

Alcé la mirada un poco y vi a Skinny agachar su cabeza a la altura de sus manos. Se llevó el cañón de la pistola a su sien, y disparó.

Escuché la descarga y un golpe seco cuando cayó muerto.

Se había acabado. Estaba seguro.



No sé con exactitud qué fue lo que Skinny tomó de Catherine —quizá fue su cerebro, su alma, o algo totalmente distinto—. Fuera lo que fuera, es la única razón por la que sigo vivo, así que estoy agradecido con Catherine.

Cuando todo estaba dicho y hecho, hice mi trabajo: limpié. Después de todo, era para eso que me pagaban, ¿no? El laboratorio era un desastre, y yo solo era un conserje humilde. Como dije antes, fui entrenado para manejar residuos patológicos. Soy culto, pero no lo sabrías con solo ver mi salario mediocre.

No me sentí muy satisfecho al descubrir que algunos conserjes de escuela secundaria reciben casi mi misma paga, considerando que lo único que ellos tienen que afrontar es grafiti y goma de mascar. Así que, hace unos días, cuando fui contactado por un portavoz del laboratorio con el que competimos frecuentemente por subvenciones, y me ofrecieron 200,000 dólares para remover un solo tornillo —el tornillo de la tapadera del tanque de Skinny—, acepté.

Y no me arrepiento.

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No existe miedo tan recio como el miedo a lo desconocido. Ningún semblante monstruoso que ha sido descubierto hasta el momento ha sido tan estremecedor como el potencial infinito de terror que existe antes de que la máscara sea removida.

 

Es por eso que a nosotros, los humanos, dentro de nuestra confusión ingenua acerca del orden del universo, nos exaspera nuestro miedo letal a la muerte. Creemos que es la última frontera —la incógnita más grande que nos podemos imaginar, de cuyas costas de penumbra no puede regresar ningún viajero—. Así que nos aferramos desesperadamente a incluso las vidas más deprimentes y angustiantes, sufriendo cualquier mal conocido por encima de nuestra liberación hacia el más allá.

 

Pero la muerte no debe ser temida, porque la muerte es muy bien entendida. La hemos presenciado, causado, medido y registrado hasta el último espasmo agonizante de parpadeo neural. Incluso cuando yacía moribundo, me pareció tonto que le tuviera miedo a ese vacío que la razón nos prometió que debíamos anticipar.

 

Mientras estaba vivo, no iba a experimentar la muerte, así que no había razón para tenerle miedo ahora. Cuando estuviera muerto, no sería capaz de experimentar nada, por lo que el miedo no tenía sentido. Ese pensamiento me confirió gran consuelo mientras sentía la última lucha errática de mi corazón en contra de la conclusión inevitable que se aproximaba. No fue hasta que finalmente me estaba quedando dormido, que una última duda intrusiva burbujeó en mi cerebro:

 

¿Qué tal si no es la muerte la cual debe ser temida? ¿Qué tal si es lo que yace más allá?

 

Y así me deslicé, aquejado, más allá del entendimiento mortal, adentrándome en un mundo tan abandonado por la razón como yo había sido abandonado por la vida. Aún me encontraba en la habitación del hospital, pero el ajetreo de las enfermeras y el pitido de las máquinas perdieron su opacidad como si hubiese sido rodeado por un crepúsculo que descendía velozmente. Parecía que cada sonido era un eco de lo que una vez había sido; cada vista era un reflejo. Con cada momento que pasaba, el mundo se tornaba menos real…

Pero todo ese panorama y sonidos —todo ese ser— no estaba simplemente desapareciendo. Se estaba transformando en una figura a mi lado. Mientras menos real se convertía mi habitación, más real se hacía la figura, hasta que, en breve, existía con una realidad tan nítida, que nada a su lado parecía real en lo absoluto.

Su túnica era negra. No el color negro, sino su esencia. Era como ver a un tigre después de haber pasado toda una vida observando el dibujo tosco de un niño y creyendo que eso era lo único que un tigre era. La realidad fluía alrededor de su guadaña como un pincel a lo largo de acuarelas, y podía observar cada partícula elemental y el tiempo mismo desgarrándose a lo largo de su hoja.

 

«Seguramente fue por esto —pensé—. Fue por esto que se nos instruyó, sin palabras, que le tuviéramos miedo a la muerte». Me aferré a mi sábana de hospital para retraerme de la intensidad de la presencia de la Parca, pero el algodón que solía ser suave, ahora fluía por mis manos como una niebla translúcida. Supe en ese momento que nada me podría ocultar del agarre del espectro, pues él era la única cosa real en ese mundo.

 

—Llegas tarde.

 

No fueron palabras. Mi cabeza dolía por la presión de ese conocimiento a medida que mi demora era tallada en mi conciencia, impartida como una ley de física inescapable, tan inequívoca como la gravedad.

 

—No tenemos tiempo para el discurso usual. Apresúrate.

 

Sentí que fui arrastrado en torno suyo como el polvo de un huracán. Antes de que supiera lo que estaba sucediendo, estábamos afuera del hospital, moviéndonos a un ritmo tan frenético, que el mundo a nuestro alrededor se nublaba a modo de un túnel vertiginoso de luz destellante.

 

—Si tienes suerte, ELLO se habrá aburrido de esperarte.

 

Tenía demasiadas preguntas, todas luchando por mi atención al frente de mi cerebro sin que ninguna lograra emerger.

 

—Estás callado. Admiro eso. Usualmente, las personas preguntan demasiado.

 

—¿Cuál es el punto? —inquirí; mi voz se sintió sosa y muerta en comparación a su sustancia sobrecogedora—.

¿Cómo puedo tratar de comprender algo que está tan lejos del conocimiento mortal?

 

—No puedes. Pero aun así es naturaleza humana preguntar.

 

No estábamos reduciendo la velocidad. En todo caso, nuestro ritmo se estaba incrementando. No estaba corriendo, ni volando, ni nada de ese tipo. Era más como si el resto del mundo se estuviera moviendo alrededor de nosotros mientras estábamos parados en un mismo lugar. Una oscuridad vaga y un olor gravemente húmedo me hicieron pensar que nos habíamos internado por debajo de la superficie de la tierra, pero no podía estar seguro.

 

—Una pregunta, entonces —dije—. ¿Qué otra cosa existe aquí aparte de ti?

 

—Y es por eso que las preguntas son inútiles. La Muerte no es un lugar, ni un ser. Es todo lo que hay.

 

Un pensamiento inquietante, pero que fue enfatizado por el aullido creciente que comenzó a reverberar por las rocas a mi alrededor. Aun parecía que estábamos descendiendo en la tierra, y el aire ahora se estaba tornando más cálido y denso. El sonido se continuaba agravando como si el mundo mismo estuviera sufriendo.

 

—¿Qué es ELLO?

 

—De lo que estoy aquí para protegerte.

 

Las rocas se partieron por el destello de su guadaña, y la tierra desembocó en una caverna extensa dominada por un lago subterráneo.

 

—Pero pensé que dijiste que tú eras lo único que existía.

 

—No, dije que la Muerte era lo único que existía.

 

Ya no nos estábamos moviendo. La luz se reflejaba de la guadaña desde una fuente inadvertida y se derramaba en el lago como un afluente. Una vez adentro, la luz no se dividía ni se disipaba, pero se arremolinaba y bailaba como aceite luminiscente.

 

—Creí que tú eras la Muerte.

 

—La Muerte no es un ser.

 

La luz estaba tomando vida propia dentro del agua. La quietud de la superficie comenzó a rotar excesivamente por la energía enigmática. Solo le tomó a mi mente desperdigada un momento para darse cuenta de que yo era la energía que estaba fluyendo hacia el lago. Aún me sentía enmarañado con la figura, pero, ahora, yo existía como un rayo de luz que estaba hirviendo dentro del agua.

Sabía que no lo entendería, pero eso no me impidió que me sintiera frustrado. Si la muerte era lo único que existía, ¿entonces qué era ELLO? ¿Qué era lo que me estaba esperando? El agua se comprimió a mi alrededor y ya no podía hablar, aunque aún podía respirar, de alguna forma.

 

—ELLO está aquí.

 

Algo estaba en el agua. Había manos que me agarraron de las piernas y comenzaron a arrastrarme hacia abajo. Incluso me sorprendió descubrir que yo tenía miembros de nuevo. Se sentían tan alienígenas en mí, que era casi como si mi cuerpo no me perteneciera. La luz destelló desde la guadaña —de nuevo—. Las manos me dejaron ir, y el aullido se incrementó una vez más. La Parca estaba luchando contra algo, pero no podía descifrar la batalla, excepto la locura del agua revolviéndose.

 

El aullido de la tierra llegó a su crescendo, y los gritos hicieron que el agua a mi alrededor convulsionara y se contrajera como un fluido viviente. ¿La Parca lo había cortado? ¿Me encontraba a salvo? Comencé a explorar mi nuevo cuerpo, pero cuando pensé que estaba empezando a ganar control, las manos me cogieron de nuevo. Me tambaleé hacia abajo, luchando en vano en contra del agarre implacable.

 

—¿Qué es lo que está aquí? —traté de gritar ante el líquido sofocante—. ¿Qué está sucediendo?

 

Pero ya no podía sentir la presencia de la Parca. El calor era inaguantable, pero las profundidades gélidas hacia las que las manos me estaban arrastrando eran aún peor. Me volví consciente de una luz cegadora en el fondo del lago, y, a pesar de que reñí, las manos me arrastraron inexorablemente.

 

—Lo siento. No pude derrotar a ELLO —Ahora parecía estar viniendo desde muy lejos—. Lo intentaremos de nuevo la próxima vez.

 

La presión, el calor, el ruido, las manos arrastrándome hacia la luz cegadora. Cerré mis ojos y grité. Ahora me había liberado del agua, pero solo seguía gritando. No podía soportar ver a ELLO; fuera lo que fuera eso que me había raptado. Fuera lo que fuera eso que era la Muerte, pero que no lo era.

 

Fuera lo que fuera eso que incluso la Parca no pudo derrotar.

 

Luego se pronunciaron palabras. Palabras reales, humanas, que provenían de una boca humana real. Mis sentidos estaban tan turbados, que no les pude hallar sentido, pero supongo que eran algo como esto:

 

«¡Felicitaciones! Es un varón saludable».

 

La mayoría de las personas no pueden recordar el día en el que murieron, o el día en el que nacieron. Resulta que yo puedo recordar los dos, y sé que son lo mismo.

 

hybrid_ningen

Volver a casa tan tarde siempre era un problema. Probablemente su madre lo dejaría sin computadora, sin televisor, sin consola, durante una semana. Capaz un mes.

Se limpió las suelas de las zapatillas en el felpudo de la puerta.

La luz estaba encendida.

Mal señal. Pésima.

El chico entró en la casa y se dirigió rápidamente al sillón. Si eludir el castigo era difícil, ahorrarse el sermón de su madre era prácticamente imposible.

—¡A ti te parece llegar a esta hora! —lo interceptó ella, con ese tono entre histérico y feliz que emplean las madres cuando sus hijos regresan tarde a casa.

—Perdón, mamá. Se me hizo tarde.

—¿Tarde? ¡Tardísimo! ¡Tendrías que haber vuelto hace tres horas!

—Perdón —repitió.

—¿Se puede saber dónde estuviste?

—No sé. Por ahí.

La felicidad se borró del rostro de su madre. Solo quedaba la histeria.

—¿Por ahí? ¿Por ahí? —repitió, como tratando de encontrarle un sentido oculto a esa imprecisión—. ¡Ya vas a ver cuando vuelva tu padre! ¡Dime dónde estuviste!

—En el sótano.

—¿Nuestro sótano?

El chico asintió.

—Te dije mil veces que no vayas ahí. Ya sabes que a tu padre no le gusta que andes tocando sus cosas.

—Ya sé. ¿Pero no te parece raro eso?

—¿Qué cosa?

—Que papá no quiera que bajemos al sótano.

—Para nada. Todos necesitamos un espacio propio. Así como a vos no te gusta que entremos a tu cuarto, a él no le gusta que bajemos al sótano.

—De día —dijo el chico—. No quiere que bajemos de día.

—Tu papá es escritor. Necesita concentrarse.

—¿En qué? Si siempre escribe lo mismo: vampiros, vampiros y vampiros. Siempre vampiros.

—Esos vampiros que tanto te aburren son los que te dan de comer, hijo

—Ya sé. Perdón.

Francamente ya se estaba cansando de pedir disculpas por todo.

—Ahora anda a bañarte que estás hecho un desastre. Ya está por oscurecer y a tu padre le gusta que todos estemos juntos a la hora de la cena.

—Está bien.

El niño se incorporó, pero enseguida volvió a sentarse en el sillón.

—¿Se puede saber qué es eso que tienes ahí atrás? —preguntó su madre.

—¿Dónde?

—No te hagas el vivo. Tienes algo en las manos. ¿Otra vez trayendo porquerías de la calle?

El pobre se sentó lo más derecho que pudo, pero ocultar lo que llevaba encima no era tan fácil.

—Me cansaste, Juan. O me muestras lo que tienes ahí atrás o te vas a tu cuarto.

—Pero…

—¡A tu cuarto! ¡Ahora!

El hijo miró a su madre durante un instante.

Estaba cansado.

Muy cansado.

Se alejó lentamente por el pasillo.

Antes de subir por la escalera, descartó la estaca ensangrentada, así como todas las excusas que había inventado y que su madre no iba a creer de todos modos.

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"Ya rindanse. No se van a safar de mi."


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