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GTHD

Contemplaba la luna llena, estirado y boca arriba, con la mandíbula medio abierta, entre cartones y periódicos, con perfume a orín que eran su cama. Llevaba todo el día bebiendo y devolviendo un vino tetrabrik,  que había conseguido revolviendo las basuras de un supermercado cercano. Se encontraba en un estado de ausencia total, más allá de la embriaguez, y de alguna manera, su cerebro, por prudencia, había paralizado todo pensamiento y movimiento. Eso le daría una oportunidad para recuperarse. Así, hipnotizado y perdido, siguió con sus pupilas la redondez de la luna.


Pasaron las horas mientras las nubes, viajeras y pasajeras, soñaban entre sus sábanas de nácar, desplazándose con un elegante movimiento  ameboide. De un golpe, algo le perturbó.  Entonces, observó como esas gasas de nubes, que transparentaban sus vergüenzas, se detenían a intervalos de varios segundos; el mundo y el cielo parecían quedarse quietos, y luego, al volver a parpadear, todo se movía de nuevo. De repente,  volvió su mente. Volvió a verle, y él la siguió.


-El tiempo se para cuando lo miras fijamente. 


Dijo con palabras jabonosas que patinaron en su lengua.


De repente, el tiempo se dilató en su mente. Una serie de contracciones tiraron de sus recuerdos pasados, y futuros inciertos. Ahora luchaba contra otro Yo, uno que pugnaba por salir. Él, era ahora uno dividido entre todo, una estrella que brilla entre dos tiempos: Uno muerto en su origen y otro vivo para el viajero errante. Una parte de su pasado se ejecutó  sobre su futuro y ahora él estaba aquí, pero operaba allá, por un futuro que viajaba hacia atrás. 


Con mucho esfuerzo, se dio media vuelta y empezó a buscar y remover como un loco el papel de periódico que tapizaba su lecho.


- Dónde está, maldita sea. Dónde está ese tipo de pelos electrificados y bigotes, dónde diablos leí a ese científico loco


Maldijo con un escupitajo


Después de un rato, por fin lo encontró. Se quedó mirando fijamente al tipo de la foto. Tenía una mirada afable y tranquila, y esa misma, le atravesó la consciencia dejándola sin protección. De algún modo accedió a la cámara de seguridad de sus pensamientos más protegidos, y una excitación más grande que la de encontrarse un billete de diez libra en el suelo, galvanizó de golpe su conciencia. Rebuscó entre sus mugrientas pertenencias y al fin encontró un lápiz raído pero funcional.


-Dime, querido Albert, te escucho. Exclamó con una leve sonrisa y mirada perdida.


-¡Recordar el futuro, ahí está la clave de todo!


El azar de alguna manera sabe lo que va a ocurrir. Es como uno de esos cambios de marcha de doble embrague. Cuando cambias una marcha, la siguiente ya está engranada. Para que el presente suceda, este de primero tener noticias del futuro. Sería el futuro el que inyectaría la información necesaria para satisfacer el pasado. A la fuerza debe ser así, porque ¿Cómo sabe el futuro lo que tiene que hacer? ¿Acaso las leyes no tienen un cerebro que prevén? Incluso el azar necesita una mano que lo guíe. Quizá, los humanos siempre hemos errado el orden cronológico de las cosas; quizá, nuestra naturaleza nos hacer ver las cosas al revés, como tanta otras. Antes de ver la luz, alguien tiene que construir una bombilla.


-Dame una ley, maldita sea, dámela - gritó secamente 


-Ven a mi futuro, ven a verme de vuelta.


Entonces, una voz en su interior habló con una sabiduría imperecedera, y una fórmula magistral se recombinó  en su mente como si hubiera existido siempre, en todos los tiempos de su vida. Futuro/atrás; pasado/adelante- ¡Eureka!- Sentenció en un silencio inmenso. El calor de su mente pasó por todos los puntos  de la conjetura en dirección hacia la complejidad, y como el derechazo de un guante de boxeo, se desplomó de golpe, y quedó tendido en un profundo sueño. 


La mañana despertó vestida de colores grises y afónicos, el sol se filtraba por una gruesa membrana de contaminación, mientras la ciudad se despertaba con su bullicio habitual. Abrió lentamente sus ojos legañosos, y como cada día, acto seguido, pegó un trago a su inseparable botella de Vodka. Medio somnoliento miró a su alrededor y encima suyo encontró un periódico con algunas anotaciones. Las leyó pero no entendió nada, entonces las tiró con el resto de las demás.

GTHD Mar 19 · Tags: entropia
GTHD

You're asking me will my love grow

I don't know, I don't know

You stick around and it may show

I don't know, I don't know......




Tributo:











GTHD Mar 7 · Rate: 5
GTHD

I'm swimming in a circle I feel I'm going down There has to be a fool to play my part Someone thought of healing But all I really want to know...

GTHD Mar 2 · Rate: 5
GTHD

Fab - long time ago when we was fab


Fab - like this pullover you sent to me


Fab


And You've Really Got A Hold Me...




GTHD Feb 28
GTHD

Here we go again and head is gone, my Lord

I stop to say ''Hello''

'Cause I think you should know, by now..........



GTHD Feb 14
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El calentador despertó de forma automática cuando el hombre abrió la llave del agua caliente de la ducha. Y mientras se enjabonaba, maldecía a toda su familia.

''¿ Tenía que ser hoy la dichosa comida?''  No le apetecía aguantar tíos, primos, abuelos y sobrinos. Ese  era su único día libre después de dos semanas de trabajo y solo quería tirarse en el sofá, ver una película y comer hasta reventar.


Con todo el cuerpo lleno de espuma, empezó a aclararse la cabeza. Pero, ahora su pelo era más espeso y duro y sus orejas miraban hacia el techo, largas y puntiagudas. Confuso y extrañado, se miró las manos y en su lugar había unas patas cubiertas de pelo marrón. El hombre, empezó a gritar palabras entrecortadas mientras el agua iba arrancando el jabón del resto del cuerpo, dejaba ver una gran panza y unas patas enormes. Aterrado, saltó de la ducha y se miró el espejo, era un conejo. Un conejo gigante y marrón. 


Sus ojos eran, ahora, como dos bolas negras, sus dientes, largos y afilados, y su nariz, pequeña e inquieta. Incluso tenía bigote y cola: un pequeño pompón que se movía en la parte de atrás de forma graciosa. El hombre estampó el espejo contra la pared mientras gritaba desesperado. Corrió al salón y cogió el móvil para llamar a un médico, pero sus pequeñas patas delanteras se lo impidieron. Salió al balcón para pedir ayuda. Inútil. Demasiado alto para alguien le oyese. ''¡No puede ser! ¡No puede ser!'' Pensó el hombre y corrió hacia el espejo que tenía en la entrada para comprobar lo que ya sabía: era un conejo. Un conejo gigante y marrón. De pronto, advirtió que se veía más pequeño. Cuando se miraba en ese espejo, siempre tenía que agacharse para ver cómo le había quedado el peinado y ahora se veía desde la mitad de su gorda panza, hasta los últimos pelos que habitaban en las puntas  de sus orejas. Estaba encogiendo por momentos.

 

Salió del piso y corrió escaleras abajo. Una mujer que salía de su casa en ese instante, gritó y cayó desmayada ante la imagen de un conejo de metro y medio. Mientras descendía, intentaba imaginar cuál sería el mejor camino para llegar a la consulta del médico sin provocar un escándalo en las calles. Los escalones se hacían cada vez más grandes, y él más pequeño. En el último peldaño tropezó, pero sus patas traseras se activaron inconscientemente y le impulsaron elevándole unos centímetros del suelo, para luego caer justo delante de la puerta que daba a la calle. Y no era aquel conejo monstruoso, Ahora, era un pequeño roedor de campo.



Tras esperar unos minutos, la puerta se abrió dejando entrar al cartero. El hombre pudo salir al exterior. Los pies de la gente iban de un lado a otro. Zapatos negros, marrones, planos, con tacones. Debía tener mucho cuidado  si no quería ser pisoteado por las cientos de personas que pasaban antes sus pequeños ojos. Salió rápidamente del portal y permaneció pegado a la pared mientras corría a pequeños saltos en dirección al callejón que se encontraba a la derecha. Misión cumplida.


El sucio callejón estaba desierto, solo le acompañaban un par de contenedores y un coche abandonado. Ahora podía respirar tranquilo. Ningún peligro le acechaba.

De repente, escuchó unos ladridos a su espalda. Un perro callejero, bastante más grande que él, le atravesaba con unos ojos que destilaban rabia. Las grandes bolsas de saliva que caían de su boca parecían gritar que ese día probarían la carne de conejo. Aterrorizado, el hombre se escondió debajo del coche justo antes de que los dientes del perro le alcanzasen. Con la espalda contra la pared, observaba las enormes mandíbulas que intentaban atraparle y, mientras temblaba,pensó que si todavía fuese una persona, cogería un palo y echaría a aquella bestia del callejón. Pero solo era un conejo asustado. El pero seguía en su intento de cazar a su presa a cualquier precio, ladrando y gruñendo, mientras intentaba meter la cabeza debajo del coche abandonado. Por suerte, un gato despistado sirvió para que el animal rabioso le olvidase y comenzase una nueva cacería. El hombre se quedó allí debajo, pensando durante un rato que ya no era una persona y, seguramente, ya no volvería a serlo. No podía pedir ayuda médica. ¿Cómo iba a hacerlo? No podía hablar. No podía contar lo que le había sucedido. Pensó que la ciudad no era un buen lugar para un conejo. Pensó que la única solución era acostumbrarse a su nuevo cuerpo.


En un extremo de la ciudad, el hombre intentaba, ahora, cruzar la carretera que separaba la metrópoli del campo. Con sus sentidos animales más desarrollados, podía escuchar a los coches venir de lejos, pero no sabía si le daría tiempo a cruzar debido a sus lentos y todavía desconocidos movimientos. Afinó el oído y miró a los dos lados. Nadie. Notaba las patas traseras fuertes como troncos y el corazón violentamente acelerado. Se agarró al asfalto y tomó impulso para dar el primer salto. Por un momento, creyó estar volando, pero en seguida cayó al suelo con mayor destreza que la primera vez. Dio un par de saltos más, y ya se encontraba en la mitad de la carretera. Los nervios empezaron a disiparse.Solo tenía que repetir lo que acababa de hacer. Se preparó de nuevo hundiendo las patas en la carretera con la ilusión de dominar el movimiento básico de su especie, pero su oído estaba distraído. Un coche pasó a toda prisa rozándole la cola mientras estaba en el aire, y se desestabilizó, cayendo aparatosa y bruscamente contra el asfalto. De todas formas, respiró aliviado ya que había llegado al otro lado de aquella calzada traicionera. 




El campo era un universo totalmente distinto visto desde aquella altura tan reducida. La tierra era blanda y húmeda y los olores se intensificaban y se mezclaban uno con otros. Se podía escuchar el paso de hormigas, escarabajos y saltamontes . Los colores la pureza que solamente la naturaleza puede regalar. De pronto, el hombre notó que le observaban. Al principio, todos eran plantas y arbustos, pero enseguida supo distinguir y encontró unos ojos. Unos ojos de conejos que le miraban fijamente. El hombre se acercó poco a poco, pero aquel conejo no se movía. Cuando llegó a estar delante de él, el otro ejemplar comenzó a olisquearle. Era un animal precioso. Su pelo negro, sus orejas finas y puntiagudas, sus grandes patas. El hombre se quedó inmóvil sintiendo su nariz húmeda y sus pequeños bufidos por todo el cuerpo. De repente, el conejo negro dejó su reconocimiento quedando totalmente estático y salió corriendo. El hombre había estado durante un momento en una especie de paz total y tardó unos segundos en reaccionar. Por un momento, pensó que podría ser un comportamiento típico de la especie, pero la imagen del perro callejero era demasiado reciente y le empapó de terror.


Corrió lo más rápido que pudo, intentando alcanzar con la vista al conejo negro y, así, asegurarse un escondite. Pero la corta experiencia en el campo y la espesa vegetación lo hacían imposible. El sonido de una escopeta rompió el aire y congeló el tiempo durante unos segundos. Bandadas de pájaros alzaron el vuelo, huyendo del peligro. Cada animal estaba en su refugio. Menos uno. El hombre estaba tendido en el suelo con un perdigón en la espalda. No podía mover, no podía gritar, no quería morir. Sangraba lentamente, pero sin descanso.


Enseguida, aparecieron unas grandes botas negras frente a él que, con un cordel, ataron sus patas traseras para después quedar colgado boca abajo. La sangre seguía fluyendo hacía el exterior y, mientras era llevado a algún lugar, supo que no llegaría vivo. Un dolor punzante atravesó todo su cuerpo. Algo estaba hurgando dentro de su herida. Buscando, posiblemente, el perdigón disparado. Con los ojos entreabiertos, reconoció la estancia en la que se encontraba. Una cocina. Una cocina repleta de gente hablando y riendo. En ese momento, comprendió que su situación era la más dantesca que podría sufrir cualquier ser humano, ya que, entre las personas que se encontraban allí estaba su madre, su padre, sus hermanos, sus tíos, sus sobrinos. Había sido cazado para formar parte de su propia comida familiar. Antes de que pudiese volver a maldecir aquella reunión, un enorme trinchante le decapitó la cabeza. 



Bibliografía : Entropía

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Hoy sé que es imposible vivir en absoluta soledad. Lo sé porque lo intenté, y porque fracasé miserablemente.

 

Me aislé de todo, de todos, con el pretexto de escribir mi novela. Me recluí en un cuarto miserable, no sin haber tomado la precaución de comprar los víveres necesarios para sobrevivir, según mis cálculos, durante exactamente un año, ni un día más, ni uno menos. Si me ajustaba a un estricto régimen garbanzos y encurtidos, la comida no sería un problema.

 

Para beber contaba con el agua corriente, que en este cuarto de mala muerte sabe a leche cuajada; no obstante, no sufrí malestares estomacales. Cuando uno acostumbra al organismo a la austeridad extrema, es posible untarse mierda en una herida abierta y no sufrir una infección.

 

Obturé la puerta de entrada con tablas de madera. Nadie podría entrar, y, lo que es aún más importante, nadie podría salir. Naturalmente, me deshice de mis herramientas para evitar que un brote psicótico me indujera a escapar. Las arrojé por la ventana hacia el terreno baldío que está al lado.

 

Mi último objetivo era la ventana, pequeña, claustrofóbica, carcelaria. Era imposible que mi cuerpo pasara por allí, pero quién sabe, a lo mejor después de cuatro o cinco meses alimentándome con raciones ínfimas quizás podría hacerlo. En cualquier caso, corté el cuero de la persiana metálica para que ya no pudiera ser levantada.

 

Acto seguido me deshice de cualquier posibilidad de conectarme con el exterior. Cortar los cables del teléfono sería absurdo, habida cuenta que en un posible rapto de desesperación tal vez hallara la forma de repararlos. No, lo que hice fue destruir a golpes el aparato. Apliqué la misma lógica con el televisor y la computadora. Nunca se sabe hasta dónde puede llegar el ingenio de un tipo alienado. Si existía la más remota posibilidad de conectarme a la web es probable que obtuviera la información indispensable para fabricar un transmisor de radio y pedir ayuda.

 

Lo mejor era tomar todas las precauciones necesarias.

 

No puedo siquiera empezar a describir la sensación de euforia que experimenté durante los primeros días en soledad. Fueron instantes mágicos, de profunda creatividad y frenética actividad masturbatoria. Entonces advertí, releyendo unos versos de Borges, que en realidad no estaba completamente solo:

 

 

Si entre las cuatro paredes de la alcoba hay un espejo, ya no estoy solo.

Hay otro. Hay el reflejo que arma en el alba un sigiloso teatro.

 

 

El ciego tenía razón. ¿Cómo es posible estar solo en un lugar si hay un espejo? De hecho, hasta podemos pensar que la existencia de los espejos excluye por completo la soledad.

 

Hice añicos el espejo del cuarto de baño. Luego envolví los restos en una toalla y los escondí en un cajón. Nunca más reflejaría mi rostro, ningún rostro.

 

Pero la novela avanzaba poco, y mal.

 

Los párrafos tenían un tufo a naftalina insoportable. Le atribuí a ese hedor la influencia siniestra de algo que no llegué a identificar claramente al principio. Fueron meses duros. Me entregué a vagas ensoñaciones que, de a poco, se fueron transformando en ritos blasfemos. Tomaba mis libros favoritos, los llevaba a la cama, los abría delicadamente por la mitad, formando una perfecta V, un cáliz cultural entre dos almohadas, y luego los penetraba enloquecidamente.

 

En seis meses ya me había cogido a la mitad de mi biblioteca.

 

Tipos como García Márquez me producían un tremendo ardor en la uretra. Otros me causaban disfunciones más predecibles, como Freud y Marie Bonaparte. Incluso organicé categorías que prescindían por completo de los géneros literarios. Estaban los autores excitantes, como Kafka o Cervantes o Macedonio; los interesantes, los discretos, los anodinos, y los directamente incogibles, como Vargas Llosa.

 

Y fue haciéndole el amor a una gastada edición de las obras completas de Virginia Woolf que advertí, acaso demasiado tarde, que la solapa del libro tenía una fotografía de la autora. ¿Eran esos rostros imperturbables la causa de mi vacío creativo? ¡Por supuesto! Si hay rostros, si hay ojos, entonces uno no está solo.

 

Me entregué a la destrucción metódica de toda imagen, de toda fotografía, de todo, básicamente, que tuviera ojos para verme.

 

Pero la hoja en blanco continuó castigándome. El texto ya no olía simplemente mal, sino que su hedor nauseabundo se alojaba en el paladar, se saboreaba.

 

Pasé varias semanas más tratando de encontrar una explicación. ¿Qué podía ser? Después de todo, había hecho pedazos el puto espejo del baño; de manera tal que mi reflejo...

 

¡Eso!

 

¡Mi reflejo!

 

¡Tenía que matar a mi reflejo!

 

¿Qué es un espejo, después de todo, si no un dispositivo que emite un reflejo más o menos acabado? Destruirlo fue el primer paso para encontrarme completamente solo. Lo que debía hacer es destrozar toda superficie refractaria: cubiertos, Cds, botellas de vidrio, vasos, cuadros. Decirlo es fácil, pero la cifra de cosas que uno tiene en casa que pueden devolver nuestro reflejo es elevadísima. Haga el cálculo.

 

¿Sabía usted que al observar el charco de orina acumulado en el inodoro uno puede ver su rostro con relativa y ambarina claridad?

 

Lo destruí casi todo, y lo que no pude destruir lo envolví en telas y trapos y cuanta fibra textil opaca pude encontrar. Si no lo hacía, mi reflejo seguiría acechándome, y nunca estaría solo.

 

Finalmente la novela empezó a fluir.

 

Las páginas se sucedían en patrones regulares. En los siguientes meses escribí todo lo que había soñado, y aún más: escenas grotescas que ningún autor se hubiese atrevido a concebir, precisamente porque ninguno de ellos había conocido la soledad absoluta, extrema, la total ausencia de referencias en la mirada del otro.

 

El año de reclusión coincidió con la escritura del último capítulo, un episodio bucólico, pretencioso, pero finamente articulado, acerca de un matarife obsesionado con ensartar cascarudos. Me disponía a encarnar esa descripción ambiciosa cuando alguien golpeó a la puerta.

 

Grité que se fuera —a la mierda, a la concha puta de su madre—, pero mi extraño visitante continuó llamando a la puerta: un golpe tras otro, una y otra vez; golpes sordos, metódicos, como pasos descalzos en la noche, como el pausado parpadeo de un metrónomo.

 

Las horas del último día de soledad se diluían. Imposible escribir. Imposible pensar. Desesperado, me dispuse a asesinar a mi inoportuno visitante.

 

Arranqué las tablas que obturaban la puerta con mis propias manos, gritando como un lunático. Ensangrentado, no pude aferrar el picaporte. Mis dedos resbalaban. Eso sirvió para calmar mi ansiedad homicida y considerar la importancia de conseguir un arma para el enfrentamiento. Después de todo, había pasado un año comiendo garbanzos y magros encurtidos. Era probable que mi visitante estuviese en mejores condiciones físicas que yo.

 

Recordé el espejo. Fui hasta el cajón, retiré los restos del cristal envueltos en la toalla, y tomé un fragmento para utilizarlo como daga.

 

Recién lo noté al llegar nuevamente hasta la puerta. No pude ver mi rostro en el cristal. Mi reflejo no estaba.

 

Los golpes continuaron.

 

Una y otra vez.

 

Me propuse rastrear el paradero de mis viejos CDs, incluso me asomé al charco de orina acumulado en el inodoro: nada.

 

Mi reflejo no estaba.

 

Y los golpes continuaron.

 

Hace un instante volví a buscarme en los restos del espejo. No estoy. Siguen golpeando a la puerta, incansablemente. No me atrevo a observar por la mirilla. Sé que soy yo del otro lado.

GTHD

-Papá! ¡Papá! En el colegio, en la clase de computación, me pidieron que para mañana explique la diferencia entre "virtualmente" y "realmente".


- Bueno, pregúntale a tu madre si se acostaría con otro hombre por un millón de dólares.

El niño obedece:


-Mamá, ¿te acostarías con otro hombre por un millón de dólares?


-¡Por supuesto!


-¡Papá! ¡Papá! ¡Dijo que sí!


- Bueno, ahora anda y pregúntele a tu hermana.


-María, ¿te acostarías con un hombre por un millón de dólares?


- ¡Claro que sí!


- ¡Papá! ¡Papá! ¡También dijo que sí!


- Vale y Pregúntele también a tu hermano mayor.


- Juanjo, ¿te acostarías con un hombre por un millón de dólares?


- ¡Pues claro!


- Papá, papá, él también ha dicho que sí!


- ¿Ves?, VIRTUALMENTE tenemos tres millones de dólares, pero REALMENTE sólo tenemos un par de putas y un maricón en casa...

GTHD Feb 10 · Rate: 4.50
GTHD

Oh my  sorrows

Sad tomorrows

Take me back to my own home.......



The world is a bad place 

A Bad place 

A Terrible place to live 

Oh but I don´t want to die ...

GTHD Feb 8 · Comments: 4
GTHD

"Oh boy, when you're dead you don't take nothing with you but your soul." Think!
Christ! You know it ain't easy
You know how hard it can be
The way things are going
They're going to crucify me......


GTHD Feb 8
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